Opinión | Global-mente
Por ser mujer
Por ser mujer a Goli Kouhkan le tocó vivir una vida miserable, ahora espera en el corredor de la muerte de la cárcel de Gorgan, en Irán, su inminente ejecución. Tiene 25 años, lleva presa desde los 18 cuando cayó sobre ella la “qisas”, la ley del ojo por ojo. Casada a la fuerza con un primo a los 12 años, dio a luz a un niño con solo 13, sola en su casa, sin ayuda. Su marido la explotó, la maltrató y la aisló.
Un día Goli huyó a la casa paterna y su padre le espetó que solo la acogería si venía amortajada, muerta. Y de vuelta con el marido, hasta que un día el hombre la emprendió a golpes con su hijo de 5 años. Goli pidió ayuda a un familiar. Hubo una pelea y accidentalmente el marido murió. Ambos fueron condenados por la ley del talión, la qisas que viene a ser el derecho a la venganza. La familia de la víctima puede elegir entre la ejecución, la diya o el perdón.
La del marido de Goli eligió la diya, una suma de dinero sin límite legal, que fijó en el equivalente a 100 mil euros. Si no paga subirá al cadalso antes de que acabe el año. Iletrada, indocumentada y pobre, Goli aprendió a leer y a escribir en prisión donde también aprendió a tejer para ocuparse y ganar un poco de dinero. En siete años solo le dejaron ver a su hijo una vez. Su caso fue aireado por la ONG basada en Noruega, Irán Human Rights, cofundada por el prestigioso neurocientífico irano-noruego, Mahmood Amiry-Moghaddam. Él dijo que Goli Kouhkan “pertenece a una minoría etnica (la baluchí), es mujer y es pobre. Es probablemente la más débil de la sociedad iraní” y denunció el uso que hacen las autoridades iraníes de la pena de muerte y de las leyes discriminatorias para atemorizar a las mujeres.
Si Goli hubiera nacido muy lejos de Irán, en Islandia, no conocería esos sufrimientos. Viviría en el “paraíso de la igualdad de género”. El 24 de octubre 50 000 personas celebraron en Reikiavik el 50 aniversario del kvennafrí de 1975, cuando el 90% de las islandesas se tomaron “el día libre” y dejaron sus hogares y trabajos para salir a la calle a pedir igualdad. Esa huelga de mujeres demostró que sin su trabajo la sociedad no funciona. Aquello fue un hito: cinco años después el país elegía por primera vez a una mujer presidenta; y fue el desencadenante de la lucha por la igualdad en medio mundo. Medio siglo después la brecha salarial se ha reducido en un 90%, según atestigua el World Economic Forum. Pero las islandesas no se conforman, saben que se puede desandar el camino, y que los trabajos más penosos siguen siendo femeninos y mal pagados. Además, según confesó la presidenta Halla Tómasdóttir a The Guardian, la violencia de género es una asignatura pendiente y señaló que para avanzar en igualdad hay que implicar a los niños y a los hombres. Lejos de Irán, otro mundo existe y es posible, y eso es válido también para Europa donde la brecha salarial ronda el 20% y la violencia de género es una lacra persistente. Ahora solo falta querer saber cómo lo lograron en Islandia y seguir la senda aunque sea empinada.
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