Opinión | Buenos días y buena suerte
Rosalía, ¿santa y devota?
Rosalía es una cantante mayor y una extraordinaria fuerza musical de nuestro tiempo, pero una figura así no puede huir de los arrebatos de la estética y de las corrientes de la publicidad. Un artista de hoy, al fin, no es alguien en una torre del convento, no es un creador absorto en el vientre de una catedral gótica, ajeno a las calles, sino alguien que reventará en una lluvia de píxeles en las glorietas más gloriosas, y Callao entre ellas. Nada de eso es evitable, incluso en malos tiempos para la producción musical y la música tal y como la conocimos. Aunque Rosalía vuela, sin duda, quizás sobre los ángeles.
Rosalía tuvo a la espera a su millonaria parroquia, a su estupenda nube de feligreses, a sus devotos, que aguardaban un nuevo milagro de su boca, y en ese intervalo reinó, por ejemplo, Taylor Swift, por citar a alguien que emite una luz rutilante y neónica desde los balcones de la mercadotecnia, con un reinado visual sin fisuras. Rosalía siempre tiene un lado Caravaggio, siempre tiene en su ser un contraste de ropajes blancos y fondos de la noche. Rosalía tiene la sangre de las mujeres lorquianas, hay caballos y gritos, hay montes solitarios como el Gólgota, hay la desesperación de ropajes velazqueños, o el éxtasis azul de Murillo, pero también la posibilidad del dolor y la muerte.
¡Tan joven y ya tan trascendente! Se diría que aumenta la fe con el miedo al final, no a tanta vida. En las entrevistas, Rosalía habla de espiritualidad, quizás de la resurrección de Dios, que atravesó renqueante el siglo XX. Su imagen en la pantalla de Callao, esa pretendida lanza en el costado del arte anodino, quedará para siempre, como su carrera por la Gran Vía Crucis, transfigurada en ángel bien entrenado entre escoltas, un arrebato entre rótulos urbanos, un descenso hacia lo asfáltico, hacia el terreno comunal y caliente, más que una persecución dorada del cielo. Del cielo de Madrid.
En pocos días, también han llovido los textos sobre el regreso de la cantante y sobre el significado de esta iconografía religiosa. Imposible, creo, decir nada nuevo a estas alturas, salvo insistir en la esperanza de que el fulgor de tanta luz no usada no termine por impedirnos ver lo importante: la música. Algunos llaman a esto cristianismo neopop, o cristianismo post/post, que hubiera dicho Umbral, pero, como también se ha dicho, son muchos los artistas que acuden a un registro parecido, a una estética de éxtasis y gloria.
¿Un renacer de lo trascendente o un inteligente giro estético? La iconografía religiosa ha dado productos artísticos excelentes, pues su potencia es infinita. La Rosalía santa y devota, también poseída por el dolor de estar viva, no está lejos de Lorca. Nada que ver con la Madonna de ‘Like a Virgin’, tul y rosarios en combinación provocadora, aquí, aunque tampoco faltan los rosarios, Rosalía no renuncia a una estética imbatible, supongo que armada por expertos, pero más como la luz filtrada en una nave catedralicia, sin llegar a perder el misterio del sudario que envuelve la carne mortal y rosa. Como en Bowie. Como en Leonora Carrington, alquimia y amor por una estética religiosa que conoció de niña, y que acabó invadiendo de fiebre su pintura loca.
Rosalía, quizás santa y devota en tiempos de incertidumbre y miedo, sincretismo espiritual de principios de siglo, herencia de Buñuel o de Almodóvar, sangre y habitaciones negras de Lorca, luz, más luz, pero también ‘lux aeterna’ del oficio de difuntos. Pureza de sudarios pixelados. Gran trueno de lo telúrico y divino. Divina de la vida. Y de la muerte. Amén.
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