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Opinión | El Trasluz

Tristeza y glifosato

Tristeza y glifosato.

Tristeza y glifosato. / Shutterstock

Decía el periódico que los niños españoles orinan “un cóctel de pesticidas”. Lo leí con la naturalidad con que uno lee que mañana lloverá o que el ministro de Agricultura ha inaugurado una feria de jamones. Parece ser que el cuerpo elimina al orinar parte de las sustancias tóxicas ingeridas con los alimentos. Así que nuestros hijos son, en realidad, pequeñas depuradoras móviles del sistema agroalimentario español y europeo. Beben agua, comen peras o manzanas, y el país se purifica un poco a través de las vejigas infantiles. No sabe uno si darles las gracias o pedirles perdón.

A veces, en el supermercado, me quedo mirando los pepinos. Se muestran tan verdes, tan uniformes y tan obedientes, que quizá en su interior no quede ya ni una molécula de azar. Todo es química medida en porcentajes, incluso la nostalgia. Recuerdo cuando los pepinos llegaban al puesto del mercado torcidos o sin torcer, pero como individuos, con personalidad. Ahora es como si fueran diseñados por una empresa sin alma que los fabrica en serie. El problema no es solo que los niños orinen pesticidas, sino que nosotros llamemos a esas cantidades de veneno “niveles dentro de lo permitido”. Es una idea muy nuestra: si algo no está expresamente prohibido, allá va. Dentro de lo no prohibido caben la corrupción, la tristeza y el glifosato. Lo importante es la cantidad, el grado.

¿Los niños notarán algo? Tal vez piensen que ese leve ardor que sienten al expulsar la orina es una forma patriotismo químico que se transmite ya con la leche materna. Imagino su pis, brillante y fosforescente, iluminando los retretes del futuro. Pero no deberíamos alarmarnos. Al fin y al cabo, llevamos siglos envenenándonos con cosas menos sofisticadas: dogmas religiosos, promesas electorales vacuas, series de televisión triviales, jueces metidos a políticos y viceversa. El pesticida tiene al menos la ventaja de acabar en el inodoro y no en nuestras cabezas.

De modo que sí, los niños orinan un cóctel de pesticidas. Y a nosotros, los adultos, nos encantan los pepinos perfectos e idénticos entre sí como tornillos. Lo importante es que crujan, aunque se trate de un crujido mortal. Perdón, de un crujido moral.

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