Opinión | TRIBUNA
Turismo y la redistribución del éxito
La reflexión que trece Comunidades Autónomas han elevado al Gobierno central a través de la Declaración de Sevilla, proclamada hace unos días, no es una algarada política al uso, sino un severo diagnóstico de la anatomía de la industria del viaje de España, la primera en importancia económica. Presentado en el marco del TIS (Tourism Innovation Summit), este manifiesto institucional desvela una verdad incómoda: nuestra locomotora económica, el Turismo, padece una «desproporción salvaje» que amenaza la propia cohesión territorial de la nación.
La propia Mesa del Turismo de España, presidida por Juan Molas, al rubricar su adhesión al texto, no hace sino poner cifras -tozudas y crueles- a esta patología. Seis territorios de éxito incontestable (Cataluña, Baleares, Canarias, Andalucía, Comunidad Valenciana y Madrid) acaparan el 90% del flujo internacional, atrayendo a 84,6 millones de viajeros en tránsito. El éxito es tan brutal que se vuelve tóxico, provocando el hastío ciudadano y devorando la gallina de los huevos de oro bajo una presión insostenible.
Frente a este núcleo de opulencia turística se yergue la España de los once territorios restantes, la inmensa mayoría de la nación, que apenas se reparte un 10% (9,2 millones de turistas). Aquí, el clamor no es por el ruido de las maletas, sino por el estruendo del silencio demográfico; la desesperación no es por la masificación, sino por la imperiosa necesidad de un motor que se niega a arrancar. Y ahí radica, entre otras, la posible solución para la geografía vaciada.
El término clave en este manifiesto es cohesión. En el contexto de la Declaración de Sevilla, es la virtud perdida; es la reclamación de que la riqueza turística no sea un factor de ruptura, sino de unión entre los territorios.
La Mesa del Turismo es rotunda: once comunidades, que incluyen gran parte de la España interior, necesitan desesperadamente de la actividad turística como revulsivo. Sin ese estímulo que revitaliza, la consecuencia fatídica es el «éxodo», una marea silenciosa y devastadora que condena al abandono de paisajes que son patrimonio inmaterial y amenaza con convertir grandes extensiones de nuestra patria en un «erial».
La tesis central del documento es, por tanto, que el turismo trasciende la esfera del ocio para convertirse en una «palanca esencial» de política demográfica, la única capaz de «fijar la población al territorio». La gobernanza turística debe ser el cincel que, con arte y equidad, haga visible la riqueza latente, dotando de vida y oportunidades a las comunidades que, como guardianas silenciosas, custodian el vasto interior peninsular.
La crítica institucional es frontal: el liderazgo turístico español no puede cimentarse sobre esta desigualdad. Si el turismo no irradia bienestar y riqueza para «todos los territorios españoles», no solo fracasará como industria, sino que se revelará ineficaz como proyecto de país.
Los principios de la Declaración son claros: desde el respeto competencial y la exigencia de seguridad jurídica, hasta la separación entre el problema de la vivienda y la demonización del turismo. La solución, en suma, es una redefinición de la ambición. El éxito no se mide únicamente por la cifra récord de llegadas internacionales, sino por el número de lugares de España a los que llegan. La contienda por la redistribución turística es, en su esencia, una batalla por el futuro cohesionado de nuestra patria. Y es un imperativo ético ganarla.
Quizás el ejemplo que suponen los Caminos de Santiago prefiguren el indicativo de cómo llevar el beneficio a todos, al mundo rural y al urbano, a las Comunidades de interior o de costa, a las de mayor y menor participación en la economía; etc. El milagro es posible y España ha dado ejemplo ya en muchas ocasiones. Diálogo y unidad de acción, esa es la fórmula de la que el ministro Jordi Hereu y sus colaboradores, así como los responsables de las distintas administraciones y organismos, públicos y privados, deben tomar nota.
Buen viaje a todos y para todos, juntos podremos hacerlo mejor. El éxito hay que gestionarlo.
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