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Opinión | On/off

Periodista

En China sí, en Santiago no

Los Reyes de España acaban de realizar un viaje de Estado a la República Popular China. Fueron recibidos con gran atención y esmero por el presidente Xi Jinping y su esposa, la primera dama Peng Liyuan. Xi es, además y nada menos, secretario general del Partido Comunista junto a otros cargos nada desdeñables como el de presidente de la Comisión Militar Central. La agenda del Rey la organiza o supervisa el Gobierno, lo que motivó que esta visita generara alguna reticencia en determinados sectores políticos e institucionales tanto dentro de España como en la Unión Europea por si pudiera parecer un cambio frente a Estados Unidos. Y a nivel interno, por la sospecha de que Sánchez está dispuesto a que la atención se centre en cualquier asunto que desvíe la atención sobre lo que ocurre en España.

Algo de todo puede haber, pero ello no impide que los Reyes deban hacer su trabajo. Además, son garantía de que lo hacen bien. El ejemplo más reciente lo tuvimos con la dana en Valencia. La visita a China resultó positiva. Con un país de esta envergadura económica e influencia mundial conviene llevarse lo mejor posible. Sobre todo cuando la balanza comercial es tremendamente desfavorable para nuestro país. En 2024 exportamos por valor de 7.400 millones e importamos por 41.100 millones, un desequilibrio brutal de 33.700 millones anuales, casi tres veces el presupuesto de la Xunta.

Esta manifestación de amistad con China tiene para nosotros objetivos económicos, cuyo desarrollo posterior nos dirá si dará frutos o no. Para Xi supera, sin desdeñarlo, el ámbito español. Trata de mantener o incluso intensificar la presencia china en la Unión Europea utilizando España, visto que se deja, como cabeza de playa.

Los viajes de Estado forman parte de lo que podemos considerar grandes acontecimientos políticos de orden mundial. El impulso a las relaciones entre dos países importantes. España lo es. Pero si este hecho lo miramos con gafas de cerca caemos en la cuenta de que no es fácil entender como los Reyes de España son recibidos con gran simpatía, solemne pompa y máximo respeto en esa República Popular pero vetados en Santiago por el gobierno de la ciudad. El rey es el jefe del Estado y su hija Leonor probablemente la sucesora en el cargo. A ambos se les niega el acceso a Raxoi. Para el gobierno municipal son personas non gratas. Se visualizó a principios de verano con la ausencia de la alcaldesa en la entrega de la Medalla de Galicia el pasado mes de julio y del reiterado boicot al acto de la Ofrenda cada 25 de julio. Eso sí, se convida al recién elegido alcalde de Nueva York, sin que se explique su vinculación con Santiago. Huele a nepotismo ideológico.

El Gobierno municipal se equivoca. Su comportamiento es contrario al sentir mayoritario de los ciudadanos, cuya representación directa ostenta una Corporación Municipal que por abultada mayoría es partidaria de mantener una relación cordial, o simplemente oficial, con los Reyes de España. Como lo son otras instituciones de la capital: Xunta, Universidad e Iglesia. No hace falta que la alcaldesa llegue a los niveles de atención del gobierno de la República Popular China, pero un trato de normalidad entre instituciones tampoco sería una desgracia para ella. El buen gobernante lo ha de ser para todos. Es lo que siempre prometen en las tomas de posesión y que, al menos en este caso, después se incumple. Los intereses personales y de partido no pueden prevalecer sobre los generales, y menos cuando se está en minoría.

Tiempos aquellos en que el BNG no tenía reparos en conversar, aunque fuera en portugués, con el Rey Juan Carlos. Entendía, se supone, que a Galicia -o Galiza- le convenía. El nacionalismo estaba en su mejor momento a nivel estatal. Cambiaron las cosas. Hoy todo se polariza. Pero aun así, el gobierno de la ciudad de Santiago debería hacer un esfuerzo de contención ideológica e imitar al jefe de la República Popular de China, de su Partido Comunista y de su Ejército Popular de Liberación.

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