Opinión | Buenos días y buena suerte
Noviembre de truenos políticos
Todo ese cielo de trapos cenicientos, que abraza ahora mismo el norte de España, quizás toda la península, no sólo es el manto inevitable de noviembre, extraño mes de oscuridades febriles y ropajes Caravaggio, sino el reflejo de un deseo profundo de terminar al año, aunque sea envueltos en estos restos de tantos naufragios infinitos. Noviembre de noches anodinas y agua negra que se precipita sobre nuestros cuerpos exhaustos. Aquí estamos, descendiendo hacia la impostada blancura navideña, el decorado que intenta salvarnos en el último tranco del año, aunque sea a golpe de tarjeta de crédito.
En ese mar de nubes formidables, en el mes que se parece tanto a la espalda de un animal salvaje y oscuro sobre el que cabalgamos, surge Rosalía como un intento de rompimiento de gloria, luz que se va a la cúpula del cielo de Madrid y a las pantallas de Callao, luz no usada, con ínfulas divinas. Con oportuno gesto, ha invadido a la carrera la nada de noviembre y se presenta ante nosotros como una santa aparición metropolitana, como trasunto de una gloria que creíamos perdida, entre las rebajas del Black Friday.
Sólo ella ha acudido con un poco de luz, que pedimos a gritos como Goethe. Apartad ya las malditas cortinas, dijo el filósofo en el lecho de muerte. Otros creen que se refería a la luz del espíritu. Qué decir de este final de año envuelto en los trapos cenicientos del diluvio, qué decir de este paisaje nacional enladrillado de asuntos judiciales y acusaciones cruzadas, del sordo rumor de la contienda partidista, de ese despedazarse en las bancadas y en los micrófonos. Qué decir de todo ese trueno que acompaña ya nuestra vida cotidiana, la vida pequeña de la gente, acostumbrada a la conversación, ahora aplastada por las grandes frases solemnes y por el chapoteo de los adjetivos.
Es el reflejo del mundo dividido, partido por el rayo de un autoritarismo de perfumes imperiales y áreas de influencia, por el coqueteo con el impúdico olvido de la historia, que, por supuesto, alcanza la pretendida pulcritud de Europa, ahora reducida a la inacción, a la insignificancia o a la perplejidad.
Un otoño político se cierne sobre las democracias. Sin embargo, tras la victoria de Mamdani en Nueva York, Trump ha enmudecido por unas horas. No corren los mejores tiempos para el magnate, que, junto a otros asuntos personales, ve surgir un movimiento de repulsa incluso entre los jóvenes. Quizás se esté amasando una respuesta a todos estos meses de locura, y quizás ese oleaje sea el despertar de la juventud norteamericana ante los muchos desmanes de política trumpista. Y tal vez llegue ese oleaje a las costas de Europa y logre un giro final y necesario.
Pero conviene, como siempre, no confundir la realidad y el deseo. Aquí, las encuestas insisten en un granero de votos jóvenes para la ultraderecha, que crece en Europa (aunque la derrota del populista Wilders en Holanda parece indicar un retroceso). Ha prendido una extraña creencia en que la nueva revolución consiste en demoler la casa común multicultural, que siempre quisimos habitar. Disfrazar el populismo y el autoritarismo de política antisistema, que desnuda a las elites (para vestir de inmediato a otras, como la de Trump), ha logrado muchos adeptos, pero creo que todo tiene un límite.
Este noviembre de aguas negras y truenos políticos es el corolario de un tiempo difícil, que nos deja exhaustos. La gran bronca vacía la democracia, como decía ayer Nicolas Sartorius en ‘El País’. Y nos vacía a todos. A la espera de que la batalla política no sea el único tema de conversación.
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