Opinión | Con sentido común
El dragón chino construye el futuro
Una ciudad que viene participando muy activamente en el crecimiento de China, es Shenzhen, situada en la costa sureste del país, que aporta en torno a un 2,7% al PIB del país. Su población pasó de 30.000 habitantes en el año 1970, una aldea de pescadores, a 18 millones en 2025, de los que un millón son ingenieros.
Recientemente, un reducido grupo de emprendedores ha visitado fábricas de robótica situadas en Shenzhen y he tenido ocasión de conversar con uno de ellos sobre sus impresiones.
La historia de la robótica en China está unida al auge de la ciudad de Shenzhen, desde su consideración como Zona Económica Especial en 1980, hasta llegar a ser considerada en la actualidad la capital mundial de la electrónica, la manufactura avanzada y, cada vez más, de la robótica de inteligencia general -máquinas que combinan hardware y software, con capacidad para percibir, decidir y actuar de forma autónoma.
En los diez últimos años China ha alcanzado un nivel importante de independencia en la producción de componentes que antes importaba, en el desarrollo de algoritmos y en diseño.
La robótica china prospera en aplicaciones concretas al mundo real, de manera que diseñan los robots en función de las necesidades concretas de cada cliente.
De los 41 sectores industriales básicos a nivel nacional, Shenzhen alberga 37, por lo que las empresas innovadoras y con potencial de crecimiento encuentran en su ecosistema industrial todo lo que necesitan.
La claves del éxito de la robótica en China han sido: la experiencia derivada de los vehículos eléctricos; la eficiencia sistémica; la interacción entre los agentes del sistema y la velocidad de fabricación de productos rápidamente utilizables.
Otro elemento fundamental para el desarrollo combinado de la IA y la robótica, ha sido el atractivo de ambos sectores para el capital internacional, especialmente para el procedente de Oriente Medio.
Shenzhen incrementará su protagonismo en el sector, con un plan para potenciar la robótica con IA integrada, entre los años 2025 y 2027.
El dragón chino ya no produce barato porque disponga de cientos de millones de brazos; hay algo más detrás: la coordinación de cerebros, capital y tecnología, a mayor velocidad que Europa.
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