Opinión | Políticas de Babel
Viaje de Estado a China
El viaje de Estado de don Felipe y doña Letizia a China realizado esta semana tenía como objetivo reforzar los vínculos entre ambos países, con actos en Chengdú y Beijing. Era el primer viaje oficial desde que Felipe VI es rey. Tuvo un carácter político-diplomático (por el giro de España hacia el Este); económico (promoviendo la presencia de nuestras empresas en China, y facilitando las inversiones mutuas en sectores estratégicos); y sociocultural (fomentando el conocimiento del español, y la colaboración universitaria, investigadora e intercultural). La Moncloa instruyó a La Zarzuela sobre cómo proceder. Felipe VI se encargaría de la parte empresarial y económica. Por su parte, doña Letizia priorizaría la dimensión social y cultural de un viaje que se enmarca en el 20º aniversario del establecimiento de la “Asociación Estratégica” entre España y China, firmada en 2005 por José Luis Rodríguez Zapatero.
Supuestamente, lo que se pretendía era reforzar en el gigante asiático la “marca España”, relajar las trabas comerciales allí, y equilibrar una balanza muy desfavorable para muestro país, pese a los esfuerzos de Pedro Sánchez por acercarse al Partido Comunista chino y a su líder. De hecho, Sánchez ha viajado a Beijing tres veces en apenas dos años, en la estela de Zapatero, quien también tiene en China un contexto propicio para sus intereses. En esta ocasión Sánchez envió a los Reyes, pues él priorizó el Foro entre la Celac y la UE celebrado en Santa Marta (Colombia), para poder fotografiarse con el brasileño Lula da Silva y con el colombiano Gustavo Petro. Pero es precisamente el alineamiento de la República Popular con Putin, con las autocracias contrarias a Occidente, y con la izquierda radical y populista de América Latina, lo que genera tanta desconfianza en la UE; más allá del lógico oportunismo de China para seguir creciendo frente a EE.UU. gracias a Gobiernos cándidos, ‘antitrumpistas’ e ideologizados de medio mundo.
Pero, no nos engañemos; China siempre piensa a largo plazo, y detesta Gobiernos débiles como el nuestro, y líderes políticos efímeros y rodeados de procesos de descrédito y corrupción. Sin embargo, Xi sí adora las monarquías; sobre todo las parlamentarias como la nuestra, que son símbolo de estabilidad temporal. Por eso el presidente chino aprovechó la decisión de La Moncloa de enviar a los monarcas a China, para darles un gran recibimiento incluso en el Gran Salón del Pueblo, que también acoge las actividades del Partido Comunista. Antes, en la plaza de Tiananmén, les ofreció un desfile de la guardia de honor bajo el sonido de salvas de cañón y del himno de España (eso sí, la posterior ofrenda floral de los Reyes a los “mártires revolucionarios” mejor no recordarla).
De los aranceles chinos al porcino europeo no sé si hablaron; tampoco si lo hicieron sobre las tasas europeas a los coches eléctricos o al acero chino. Lo que sí sé es que Beijing aprovecha la geoeconomía para diseñar su nuevo orden mundial; aunque sea a base negociar sus tierras raras ya sea con Europa, o con el mismísimo Trump. Los ministros de Economía, Carlos Cuerpo, y de Exteriores, José Manuel Albares, firmaron diez acuerdos de cooperación; todo bien empaquetado y adornado; casi como si hubiésemos decidido convertir a la China de Xi en la sustituta de nuestra consolidada alianza con EE.UU. Incluso un columnista del ‘Diario del Pueblo’, periódico oficial del Partido Comunista chino, celebró la decisión “audaz e inteligente” de España de “alinearse abiertamente con China”, traicionando así sus tradicionales alianzas. Menudo peligro. Menuda ingenuidad.
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