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Opinión | Buenos días y buena suerte

Profesor titular de Universidad

Julio Llamazares, en el nombre del padre (I)

Cuando terminé de leer ‘El viaje de mi padre’ (Alfaguara), la última novela de Julio Llamazares, sentí que estaba leyendo, a veces casi al pie de la letra, mi propia historia familiar. Reverdecieron en mí aquellas tardes con mi padre, recién muerto Franco (antes de eso yo era aún muy niño), cuando él dejaba caer algunas frases sobre la Guerra Civil, muy pocas, apenas unas referencias deshilachadas que, supuse siempre, querían ahorrarme la magnitud de aquella tragedia que había vivido en primera persona. Porque mi padre, Miguel Alonso Pertejo, como el suyo, Nemesio Alonso Díez, hicieron la guerra con muy pocos años, casi recién cumplida la mayoría de edad, y estuvieron ambos en la batalla de Teruel, la peor de todas las batallas, el Stalingrado español, en palabras de Alfonso Casas Ologaray, que tuvo lugar, como es bien conocido (o eso espero), en el invierno más frío del siglo.

Pronto me di cuenta de que las resonancias que el relato de Julio Llamazares iba encontrando en los recuerdos juveniles que yo tenía de mi padre, aunque me parecieran cosa propia, eran en realidad las resonancias de miles de hijos, cuyos padres vivieron una tragedia idéntica, una batalla feroz librada a 20 grados bajo cero. Mi padre, como también el suyo, había nacido en León, cerca del río Curueño, que vierte sus aguas en el Porma, que es, sin duda, el río de mi infancia (ya en la ribera baja, aproximándose al encuentro con el Esla, para, finalmente, alcanzar el Duero). Julio me dice que esta región militar del noroeste, quizás la octava, reclutó a muchos jóvenes, también en Galicia, para lo que luego fue el infierno de la batalla de Teruel. Así que ‘El viaje de mi padre’ es, como me escribe Julio en la dedicatoria, el viaje de todos los padres (o de muchos), y por eso, quien lea la novela sentirá, como yo sentí, que en sus páginas se está contando parte de su pasado y de su memoria, apenas pronunciada por los progenitores, que preferían el silencio o el olvido. Sólo existimos porque nuestros padres sobrevivieron al horror.

Todo esto me lo cuenta Julio Llamazares en A Coruña, durante su visita de esta semana. Un nuevo libro es siempre un buen motivo para celebrar la vida y la literatura. Vino, como otras veces, para los encuentros literarios de Javier Pintor y Xavier Seoane, y nos dejó memorias de Portugal, como suele hacer, donde anduvo estos días grabando parte de un documental sobre su obra. Digo Portugal porque es otro de sus depósitos emocionales. “Siempre cuento lo que escribió Lobo Antunes”, me dice: “la literatura, la imaginación, es la memoria fermentada. Mi literatura parte de la memoria, y, en este libro, casi de la falta de ella, porque mi padre apenas habló de la guerra y yo poco le pregunté. He querido encontrar esa memoria en el duro paisaje hasta Teruel, y luego, el final, en El Grao de Castellón, donde aquellos hombres descubrieron, muchos por primera vez, el mar”.

‘El viaje de mi padre’ es el libro de muchos de nosotros, de los padres de muchos de nosotros. La memoria y la nieve, dos grandes instrumentos de la literatura de Llamazares, articulan este relato, que va siguiendo las huellas de aquel viaje terrible, la ruta de jóvenes soldados en vagones para el ganado. “Hay algo arqueológico”, me dice Julio. “Por un lado, es una reconstrucción de cómo debió de ser el viaje en tren y en camión de mi padre y de su amigo Saturnino hacia Teruel, por otro, mi viaje actual, por parajes hermosos, pero vacíos, de la España interior, que tienen a menudo un aire de Far West”.

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