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Opinión | NOTAS DE ACTUALIDAD

Catedrático de Arte

Asorey en el Gaiás

En el escultor Francisco Asorey (Cambados, 1989-Santiago de Compostela, 1981) tiene Galicia a uno de sus más grandes artistas del siglo XX. Ha sido Ramón Otero Túñez, con una brillante monografía publicada por la Universidad compostelana en 1959, quien lo dimensionó adecuadamente. El artista, nada más fallecido, recibió la honra de ser enterrado en el Panteón de Galegos ilustres y, al año siguiente, volvió a reeditarse el brillante texto de nuestro maestro en las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras, en donde nos hablaba, con su conocimiento, directo, y su pasión habitual, de los méritos de aquel hombre de singular trayectoria. Hoy Carmen Asorey Abelleira sigue ahí, en el día a día, poniendo en valor quien fue su abuelo y salvaguardando, desde la Asociación Cultural Francisco Asorey, la memoria de un artista, bien estudiado, también, en su tesis doctoral, por Maribel Iglesias Baldonedo, obra publicada en el año 2018.

Ahora en el Gaiás, con esos precedentes, se presenta una exposición sobre el artista. Hay que decir que, en su modo de concebir la escultura, prima la idea del bulto redondo y que casi todos sus trabajos aconsejan una visión que nos los permita ver en su totalidad; es más, en muchos de los casos, resulta, plásticamente, más brillante, la parte posterior que la supuestamente principal; es una maravilla poder ver su San Francisco, por ejemplo, valorando el modo en que soluciona, con mil y un matiz, esa otra perspectiva, solo aparentemente secundaria.

Es verdad que Asorey fue un buen escultor anatómico, conocedor de las peculiaridades de la corporeidad humana, pero también es cierto que lo que, sobre todo, puso en valor es lo que pudiera denominarse el retrato del alma. Es un autor que imagina el sentimiento implícito en cada ser nacido de su trabajo. Así su vivencia, pongo por caso, de lo que supone representar al Crucificado habla con voz propia, sobre todo, en el Cristo de Moià (1952). Y es que, además de ser el escultor que mejor se identificó con As Irmandades da Fala -y ese ambiente cultural, en general-, también fue reflejo de la sensibilidad franciscana, quizás con Samuel Eiján como referente.

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