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Opinión | Buenos días y buena suerte

Profesor titular de Universidad

50 años (y un día) después

Apenas viví una docena de años en el franquismo, algo más, en realidad, no mucho, pero sin embargo lo recuerdo bien, aunque, claro es, con aquella mirada de niño. Por entonces estaba interno en un colegio bastante lejos de aquí, sentía las noches gélidas de los inviernos mesetarios, y recuerdo aún cómo se izaban aquellas banderas, aunque Franco ya estaba en un final irremediable, a pesar de que murió con la fiereza propia de un dictador.

Nos dieron como una semana de permiso y regresé a casa. Había visto cantar el Cara al Sol, raro ya en aquellos tiempos postreros, pero que se mantenía en algunos actos y eventos donde el régimen aún tenía mano, misa temprana de domingo y cantos al aire. Franco moría entonces, y quizás la imagen que más se aparece ante nosotros es aquella de Arias Navarro, lloroso y solemne, en un entorno televisivo negro, negrísimo, como toda la negrura que el dictador se llevaba. El tenebrismo lacrimógeno de esa imagen, más que revelar la desolación de sus seguidores, parecía una metáfora de lo vivido.

Así que Franco murió en la cama, sí, apurando los medios de la medicina de entonces, con el estrépito mediático de aquellas fotos, y los españoles lo vieron partir al fin con un enorme desgaste histórico, agotados tras aquellos cuarenta años interminables, con un país alejado del mundo. Nos quitamos a Franco como quien se quita un mal sueño del que costaba mucho despertar, y, aunque la liberación no fue inmediata y el país no pudo apartar todas las sombras (el terrorismo, el golpe de estado que vino después), el engranaje de la Transición comenzó a moverse en la trastienda, y, para asombro de muchos, la cosa esta vez funcionó. A pesar de que la Transición (la Santa Transición que decía Umbral) ha sido escrutada y ha recibido críticas, particularmente en los últimos años, nadie puede negar que entonces tuvo algo de improbable milagro, en un país poco acostumbrado al viento favorable de la fortuna.

Fue todo muy duro, como dice Rosa Montero. No se trató simplemente de esperar a que Franco se muriera y nos dejara en paz. Había mucho que reconstruir, pero, sobre todo, el espíritu de consenso y la confianza. Viendo el panorama político actual no dejo de pensar en el miedo que me produce esta falta absoluta de acuerdos y el endurecimiento extremo al que asistimos. Pienso que cincuenta años son muy pocos para dejar de tener memoria. Y algunos parecen no tenerla. Hablé mucho de esto, por ejemplo, con Ian Gibson hace un par de años, cuando presentó ese libro emblemático, ‘Un carmen en Granada’. Lorca siempre ha sido un símbolo de nuestra tragedia.

Lo que brota estos días, más allá de la imagen de la agonía de Franco y de la agonía del franquismo, más allá de los recuerdos de aquel día concreto, aquel 20 de noviembre, es la mirada hacia atrás del dolor de este pueblo, que, por supuesto, nos lleva mucho más lejos, a la Guerra Civil, y a la posguerra, donde se jodió el país, como decía Vargas Llosa que se había jodido el Perú.

Porque esa sí fue una larga sombra y el recuerdo de aquellos jóvenes de apenas 18 años que morían en la nieve de Teruel, como nos contaba el otro día aquí Julio Llamazares, pesará siempre en el alma de un país, como pesarán en nuestra conciencia los jóvenes que mueren en las guerras de hoy. ¿Es consciente de esto nuestra juventud? ¿Se explica bien en las escuelas? Porque parece que un alto porcentaje de ellos defendería un sistema autoritario, dicen las encuestas. Cincuenta años y un día es hoy la medida exacta de nuestra libertad. No podemos permitirnos ni un solo paso atrás.

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