Opinión | BUENOS DÍAS Y BUENA SUERTE
La importancia del instante
Las fechas del calendario no son una cuestión baladí, sobre todo las que quedan grabadas a fuego en nuestro cerebro. Quiero decir: hay día extraños en los que todo brilla o en los que todo se apaga. Lo que recordamos, más que las fechas, son los instantes. Como le sucede a Javier Cercas (y lo vemos ahora, en la serie sobre su narración del instante del golpe de estado, que pasa por Movistar). Como él suele explicar, la Historia nos concierne. Nos afecta en las cosas más domésticas. La gente, me decía el otro día Julio Llamazares, y lo conté aquí, solía negarse a hablar de la Guerra Civil. No era sólo el silencio del miedo (durante la posguerra, claro), sino el intento de no volver a vivir la tragedia. El intento de no regresar a aquel instante.
Son las fechas, pero más son las imágenes. Nos acordamos de un instante, de un gesto, de una palabra, pero, sobre todo, de una imagen. Como esos caballos que mi padre recordaba con nitidez, el día en que resbalaban sobre la nieve durante la carga de caballería de la batalla de Alfambra, en febrero de 1938: la última carga de caballería en una guerra. De eso, ya saben, hablé aquí el otro día, y, de inmediato, pensé en otros momentos que mi padre, o yo mismo, o el propio Julio Llamazares, que lo cuenta en su último libro, habremos acumulado en la memoria sobre la extrañeza de los días nevados.
El frío helador y la nieve que mi padre albergaba en la memoria de la Guerra Civil en Teruel se reducía tan sólo a la anatomía de aquel instante. Los caballos resbalando, como en un cuadro naturalista. ¡Y yo, afortunado, sólo recuerdo la primera vez que llevé a mis hijos a ver la nieve! Hay días en los que todo brilla y días en los que todo se apaga: pero tanto la luz como la oscuridad suelen permanecer en nuestro cerebro.
La memoria puede doler, pero nos salva y nos construye. Una vez fui a Skibereen, un pueblo cercano a Cork, en el sur de Irlanda, para hablar con la gente sobre la Gran Hambruna, que golpeó a ese pueblo más que a nadie. En el museo temático que tienen sobre la tragedia me dijeron: “siempre hubo mucho silencio. Sobre todo, en torno a lo que sufrieron las mujeres”. O sea, el silencio como arma contra el horror. Como herramienta contra la tristeza.
En su cementerio hay una enorme fosa colectiva. Las tragedias y las guerras presentan a menudo fosas así, pero los muertos, o los asesinados, son seres únicos, porque la muerte es algo individual y único, como la vida. Y la gente se acuerda de sus muertos y de la última mirada, y, para ellos, todo el horror colectivo que significa una guerra (y una gran hambruna) tiene los ojos del padre, o del hermano, muerto, y los tendrá siempre. Creemos que el olvido cura, pero lo que cura es recordar. La mejor forma de conjurar el dolor es mantener la llama de la memoria. Un pueblo es, en gran medida, su memoria.
Algo pasa cuando muchos jóvenes de hoy, según las encuestas, no tienen una mala imagen del franquismo, e incluso aceptarían un estado autoritario. “No saben de lo que hablan”, escucho, “porque no lo vivieron”. Porque no tienen imágenes que ardan en su cerebro, añado yo. Las imágenes que hay les parecen algo muy remoto. ¿Qué habrán pensado al ver este recuerdo de los 50 años de la muerte de Franco? Esa fecha del calendario les parecerá la prehistoria, y, sin embargo… Puede que suceda lo mismo con el golpe de estado del 23 de febrero de 1981. Aquellos tres hombres que no se movieron, ni se escondieron bajo los escaños, ante los disparos de Tejero. Aquel instante que retrata la resistencia ante el mal. Esos instantes que nos salvan.
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