Opinión | Buenos días y buena suerte
Todos los males se juntan
La incertidumbre de estos tiempos produce monstruos. Ya lo hemos escrito alguna vez, pero, volviendo a Gramsci, llama la atención ese mundo que no termina de morir, y que va sobre todo de la muerte. Los tanques y los misiles, el rumor de los rifles, el barro de las trincheras. Todo parece antiguo, esa sangre mezclada con la tierra para defender unas fronteras y una casa común.
Imposible no pensar en la Gran Guerra, tan atroz, y en las que vinieron después: el significado de la carnaza humana, o la carne de cañón, no ha cambiado un ápice. Se recluta a jóvenes soldados, lo mejor de cada familia. Los únicos que podrían sacar de la miseria a padres ya ancianos. ¿Y qué sucede? Se vende la imagen del patriotismo, ese supuesto heroísmo, porque, al parecer, como ya decía Horacio, “dulce et decorum est pro patria mori”.
Los jóvenes que mueren en la invasión de Ucrania lo hacen en una guerra que parece sacada del Medievo (¿no son todas las guerras medievales?), pero junto a escenas de otro tiempo surgen enjambres de drones y misiles guiados con precisión para matar más y mejor. El viejo mundo de la guerra todavía no ha muerto y ya está aquí el nuevo. Todos los males se juntan.
El otro día hablábamos de los muchachos de 18 años que tuvieron que luchar en Teruel durante la Guerra Civil. Ahora, se activa el servicio militar en algunos países europeos, por miedo a Rusia y al abandono, o a la falta de interés, de Trump a la hora de defender a Europa. ¿Qué pensar? ¿Volvemos al concepto de carne de cañón? ¿Carne de dron, quizás? ¿No es el síntoma de un mal disimulado fracaso? Estos días cito mucho a Llamazares, lo sé, pero es que no puedo olvidar lo que nos recordó recientemente, cuando hablamos de su novela, y que se ha publicado en muchos sitios. Es una frase de un piloto alemán: “La guerra es un lugar en el que jóvenes que no se conocen ni se odian se matan por culpa de viejos que sí se conocen y se odian”. Una descripción perfecta, a mi entender. Las guerras no las gana nadie, sólo los que no participan directamente en ellas, los que las dirigen o los que las provocan, y los que, por tanto, se benefician de la muerte de otros.
Trump, que merodea Venezuela, dice, por el narcotráfico, pero que, según muchos analistas, persigue un cambio político en la región, habla al tiempo de la necesidad de parar la deriva bélica en Ucrania, y en esto podemos darle la razón. Ursula Von der Leyen, ante la evidencia del ninguneo de Trump a Europa, que no deja de acentuarse, afirma que las fronteras no pueden cambiarse por la fuerza. Bonitas palabras. Pero no parece que esas palabras, o cualquier referencia semejante al derecho internacional, se vaya a tener muy en cuenta. Esta es la nueva edad de los imperios y del poder de la fuerza por encima de cualquier otra consideración. Duele decirlo, pero es así.
Hay una especie de intento de Trump que se resume en la frase “dejemos las cosas como están ahora”. O sea, congelemos la imagen y pasemos a otra pantalla. Trump opera desde la lógica de un liderazgo mundial que, en realidad, es un liderazgo en disputa. O no se entera de eso o no quiere enterarse. Sus asuntos domésticos son complejos o molestos, y muchos se paralizan, ante el renovado interés del magnate en la política internacional, algo que muchos votantes, que miraban más a lo local, le critican. Pero Trump sabe que necesita el relumbre de lo global. Con estos datos, pierde Ucrania. Y pierde Europa. Algo tendrá que inventar Bruselas, para levantar cabeza. Demasiada indefinición. Y demasiados drones surcando el cielo.
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