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Opinión | Políticas de Babel

Profesor universitario

Putin rebaja las expectativas

Tras el susto inicial de ese Plan de Paz de 28 puntos claramente favorables a Moscú (concesiones territoriales, militares y hasta administrativas incluidas), Marco Rubio celebró desde Ginebra los avances de un nuevo borrador. También Zelenski agradeció tener mayor capacidad de decisión, y el nuevo “marco de Paz refinado”, para que no se reconociese como perteneciente a Putin, aquello robado o sustraído a Ucrania por la fuerza. El Kremlin aseguró que seguía de cerca los avances, y hasta llegó a conjeturar con reunirse con la delegación norteamericana (y quizá con la europea si ésta lograse colarse en el debate, como hicieron en Ginebra Francia, Alemania y Reino Unido). Los interlocutores rusos no añadieron mucho más, salvo que el borrador de propuesta de Paz europeo filtrado desde Angola, era rechazable por “no conveniente ni constructivo”.

Pues bien, ahora ya sabemos que la Federación de Rusia, tras revisar las contramedidas propuestas sobre el proyecto de Paz originario (que reducían de 28 a 19 los puntos básicos del acuerdo), vuelve a mostrar su negativa a asumir un proyecto que considera alejado de sus exigencias y avances territoriales. Por su parte, Washington, aun teniendo herramientas para seguir presionando a Zelenski (como amenazarlo con el fin de la ayuda militar, o con la colaboración en materia de información e Inteligencia), se muestra desorientado. El propio Trump reconoce que el conflicto en Ucrania es mucho más complejo de lo esperado; pero que, si hubiese sido él, y no Joe Biden, el presidente en el momento de la incursión rusa, la guerra nunca se habría iniciado. Aun así, y dada la buena disposición del magnate neoyorquino, el jefe de la oficina presidencial ucraniana, Andriy Yermak (súbitamente dimitido por estar bajo sospecha de corrupción), aseguraba hace unos días que las conversaciones con Marco Rubio e Steve Witkoff estaban siendo “muy productivas”.

En medio de todo ello nos encontramos con la UE y demás países aliados, que persisten en reivindicar la soberanía y la integridad ucranianas, y se resisten a asumir inversiones impuestas desde el exterior. Lo cierto es que en Europa sólo cabe lamentar el ninguneo al que siguen estando sometidos nuestros líderes y nuestras instituciones a la hora de participar en las negociaciones de Paz, quizá debido a una doble moral derivada de apuntarse a la ayuda a Ucrania, y a las sanciones a Rusia, pero seguir comprando el petróleo ruso, y favoreciendo las exportaciones a la Federación de Rusia a través de terceros países.

Éste es el resultado de una estructura europea cargada de burocracia política y administrativa, sin un claro liderazgo, con notables disensiones entre países, con posturas contrapuestas, y sin una voz solvente capaz de interactuar de tú a tú con Washington, Moscú o Kiev en nombre de Europa. Así las cosas, las posibilidades de llegar a un acuerdo son pocas. Pero sí se detecta en Trump, en Zelenski y en el propio Putin una cierta disposición a seguir trabajando sobre un hipotético alto el fuego, incluso forjado, ahora sí, en Budapest (y basado en lo avanzado en Alaska). Y esto, ¿por qué? Pues porque Ucrania y Rusia notan tanto la presión bélica y las consecuencias de la guerra, como su impacto en la economía, en los precios, en las exportaciones, en sus industrias, en su seguridad, en sus deterioradas infraestructuras energéticas, y en el número de muertos, que sigue aumentando a ambos lados del frente. Y es esta difícil situación social y económica lo que más puede influir en Zelenski y en Putin a la hora de negociar y aceptar, al menos, un acuerdo de mínimos.

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