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Opinión | Políticas de Babel

Profesor universitario

El debate sobre la ‘mili’

Nos hacíamos eco aquí el pasado lunes de la alerta del comisario europeo de Defensa y Espacio, Andrius Kubilius; quien aseguraba que Vladímir Putin podría iniciar un ataque a un país de la OTAN en un futuro no muy lejano. Y aunque el presidente ruso asegura que eso es una “tontería”, y que responde a la “histeria europea” y a los intereses de la industria armamentística, lo cierto es que las incursiones de sus drones en el espacio aéreo europeo, y el modo en que presume de sus misiles balísticos, han llevado a la OTAN a reforzar su flanco este con la operación “Centinela Oriental”. Asimismo, se ha puesto en marcha la Iniciativa Europea de Defensa Contra Drones (el “muro antidrones” acordado por Bruselas). Es más; la Comisión Europea desea incluso activar un “Schengen militar” para movilizar más ágilmente personal y equipamientos militares por Europa. Es en este contexto donde debamos situar el debate en torno a la “mili”.

Francia anuncia que pondrá en marcha un servicio nacional militar voluntario. Se trata de atraer a personas de 18 y 19 años (e incluso de hasta 25 si demuestran habilidades técnicas o sanitarias estratégicas), pero nunca para acudir a zonas de guerra. También en Alemania se ha abierto el debate, con el fin de alcanzar los 260.000 soldados, y otros 200.000 reservistas, de aquí a diez años. Berlín les ofrecería hasta 2.800 euros de remuneración por apuntarse al voluntariado militar (tres veces más que París). Asimismo, en Bélgica, quienes cumplen 18 años, reciben una invitación para unirse al Ejército durante un año, con la oferta de empezar a cotizar, recibir una pensión, disfrutar de transporte gratuito, y disfrutar un sueldo de 2.000 euros. Así pues, el debate en torno a la “mili” está abierto, y países como Reino Unido, Malta, Polonia, Irlanda, Portugal, Rumanía, o Bulgaria buscan también fórmulas para reforzar sus Ejércitos profesionales.

En Dinamarca, Suecia, Finlandia, Noruega, Croacia, Chipre, o Suiza, el servicio militar ya ha adquirido un carácter de obligatoriedad, al igual que en Turquía, Letonia, Estonia y Lituania. Donde no se habla del tema es en Andorra (por estar al amparo de la Defensa colectiva de Francia y España), en Islandia (protegida por la OTAN), en Mónaco (bajo el paraguas francés), en San Marino (que tiene a Italia como garante de su seguridad), o en Ciudad del Vaticano (que cuenta con su propia “guardia” formada en Suiza). En España el tema chirría; y el Ejecutivo socialista evita abrir el melón, quizá debido al tinte antibelicista de sus socios de investidura y de Gobierno; aunque es sabido que el departamento de Defensa de Margarita Robles invita a nuestros jóvenes a unirse a las Fuerzas Armadas tras un proceso de selección que hasta ahora no ha resultado muy atrayente.

El debate va más allá de estar dispuestos a "dar la vida por la Patria”. A favor de este “servicio al país” están quienes ven necesario fortalecer la Defensa nacional ante los desafíos que nos acechan. También se aduce la idoneidad de tener una población preparada, entrenada y efectiva ante conflictos sobrevenidos, e incluso con capacidad para reforzar el perfil disuasorio de España. Finalmente, aspectos relacionados con la solidaridad, la responsabilidad colectiva, y los valores del Ejército, juegan a favor de la propuesta. Sin embargo, todo esto contrasta con el coste económico que acarrearía, con el poco apoyo popular que tiene la iniciativa, y con esas libertades individuales de nuestros jóvenes que, lógicamente, defienden su derecho a forjarse un futuro vital, profesional, o de estudios, al margen del ámbito militar.

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