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Opinión | Buenos días y buena suerte

Profesor titular de Universidad

Luz de diciembre

Andamos todo el año buscando luces, queremos encontrar un poco de luz entre tanta tiniebla, porque, como dice en su frontispicio The Washington Post, “Democracy dies in darkness” (la democracia muere en la oscuridad). Son muchos los que creen que la democracia se está muriendo globalmente, o la están matando, y parece que este proceso de muerte no se detiene, sino que se agudiza, ante nuestro estupor y ante el miedo a la sombra de la guerra.

Diciembre es el mes de las luces, ahora que Rosalía (la cantante, me refiero) también habla de la luz eterna, sabiendo, o sin saber, que la frase pertenece al oficio de difuntos. “Lux perpetua luceat eis, Domine”. Y tal. Me lo recordó Seamus Heaney un día muy lejano, en A Coruña, cuando lo del Honoris Causa que le entregaron en la Universidad. Hablamos un rato sentados en las piedras del Castillo de San Antón, parecía una escena prerrenacentista, aquel buen hombre, porque lo era, y los periodistas aún jóvenes alrededor, escuchando el latido del mundo y buscando la luz por las rendijas de las palabras. Él tiene una colección de poemas que se llama ‘Electric Light’: es un canto a la memoria de la electrificación rural (mi padre también levantó postes para iluminar la vieja casa). La luz eléctrica traía la gran modernidad.

Y en diciembre la luz ya no es la de los atardeceres, esa línea roja en el cielo, sino la luz arrojada como harina sobre las aceras por las farolas prometidas en las últimas elecciones. Durante mucho tiempo, sólo hemos pedido farolas a los dioses, una farola más, o sea, un ángel más, que decía Lezama Lima, y que mi admirado y querido Martín Garzo usó para nombrar una revista. Las farolas de los pueblos que iluminan el último recodo solitario donde las ovejas se distraen del pastor, la salvación de las majadas. Y, aun así, no hemos encontrado el camino. Ni siquiera con la última farola solicitada a la autoridad. Los difuntos han pasado ya con su muerte y su paz, la luz eterna queda en el réquiem y en la liturgia de noviembre, el mes del duelo, envuelto en cielos sucios, y diciembre estalla en los leds de los centros comerciales, borrando el otoño de un plumazo, combatiendo la nostalgia de la luz mortecina de las farolas, que se deposita como un espíritu sobre las aceras, y la supuesta luz eterna de los cementerios.

De todas las luces y de todos los siglos, sólo brilla ahí fuera la luz contundente de todas las navidades, la furia lumínica que acaba con los fantasmas de noviembre y reinventa un final apoteósico para el fin de año, un redoble necesario para saltar al nuevo tiempo elogiando la ceguera del que mira a la luz, para no ver el mal ni el dolor, un final rotundo que borra los contornos y las heridas, que anula los viejos paisajes y promete una vida casi eterna en la Tierra, siquiera sea por la intercesión de la tarjeta de crédito.

La luz de diciembre es el último grito del calendario, la última esperanza de combatir por un instante un tiempo sembrado de tinieblas. La luz de temporada se impone así al viejo sueño de la luz eterna. Luz de diciembre, no luz de agosto. Luz, luz para todos, luz que se desparrama por los balcones y los pórticos, luz de nieve en la que siempre brilla un ángel más, perplejo entre figuras geométricas, luz excesiva, feroz y rutilante, antes de que regrese la gran oscuridad del presente, antes de que se apague el artificio, que nos atrae como los patrones luminiscentes de las luciérnagas atraen al sexo contrario. La luz se irá, las calles recuperarán el mapa de las sombras y se quedarán las farolas humildes esperando la noche.

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