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Opinión

Del cuento del lobo… al cuento de la alcaldesa

Santiago es, sin duda, una ciudad literaria. Quizá por eso la alcaldesa ha decidido ocupar su tiempo no en gestionarla, sino en redactar fábulas. En una columna publicada recientemente, nos regala la enésima reinvención del cuento del lobo con piel de cordero, un relato tan esmerado en lo simbólico como escaso en lo práctico. Porque está muy bien hablar de lobos, ovejas y mesías… pero sería más útil hablar de autobuses, licencias, vivienda o servicios públicos.

De su lectura uno se pregunta si en Raxoi ha empezado a confundirse la agenda de gobierno con la programación cultural del Auditorio de Galicia. La ciudad, con problemas reales, recibe, en lugar de soluciones, una narración mitológica en la que el portavoz de la oposición aparece convertido en una suerte de criatura fantástica, responsable de todos los males pasados, presentes y futuros. Todo menos explicar qué está haciendo el gobierno actual.

La alcaldesa acusa a Borja Verea de presentarse como salvador, y dedica más líneas a demonizarlo que a justificar su propia gestión. Resulta curioso que quien denuncia disfraces políticos parezca tener un asombroso talento para el atrezzo. En su columna, el PP es culpable de desastres históricos, tormentas bíblicas e incluso del despido de personal que ni siquiera depende del Concello. Lo único que falta es culparlo del clima.

Decía Maquiavelo que “el que quiere engañar siempre encuentra quien se deje engañar” Y, sin duda, pretende la alcaldesa que el lector acepte sin rechistar que todo lo que funciona mal es culpa de otros, mientras todo lo bueno es mérito propio. Pero los santiagueses nos son ingenuos y saben distinguir entre la explicación y la excusa, entre el cuento y la realidad.

Tampoco pasa inadvertida su insistencia en aplicar calificativos moralizantes al portavoz del PP, curioso para quien ha convertido en arte la incoherencia política. Lo que un día defiende como irrenunciable, semanas después matiza, reinterpreta o directamente olvida. La coherencia no debería ser una prenda que se ponga y quite a conveniencia.

Permítanme una anécdota. Un viejo profesor sostenía que los estudiantes que no hacían los deberes siempre tenían excusas, y que cuanto más largas eran estas, más claro quedaba que se habían olvidado. La columna de la alcaldesa busca lo mismo: si hay un problema, que lo resuelva otro; si hay un fallo, que lo explique otro; si hay responsabilidad, que la asuma otro.

Resulta a su vez llamativo que la columna que pretende ser una denuncia contra un supuesto clima de crispación, dedique cada párrafo a alimentar precisamente esa crispación. Lo hace con un tono ejemplificante que pretende convertir al gobierno municipal en encarnación do “pobo do común” y a la oposición en misteriosa aristocracia oscura, como si la política local fuese un relato épico en el que ella ocupa el papel de heroína.

Compostela no necesita más alegorías. Necesita gestión y una alcaldesa que deje de emplear su tiempo en atacar al portavoz de la oposición para empezar a responder por los retrasos de las licencias, por la movilidad que no mejora, por la vivienda que sigue sin resolverse, por los servicios que no avanzan.

La ciudad no es un cuento, y gobernar no consiste en escribir fábulas para distraer del hecho de que los problemas siguen ahí. Menos literatura fantástica y más trabajo, Sra. Sanmartín. Santiago lo necesita.

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