Opinión | Buenos días y buena suerte
Trump como infortunio político
No es sólo Trump, pero, de momento, es Trump. Su potencial renuncia a un tercer mandato (hoy, ilegal) no mejoraría demasiado las cosas: hay personajes en la carrera presidencial que incluso podrían empeorar a Trump.
El dirigente se ha embarcado en una especie de vigilancia geoestratégica que le permita recuperar el fuelle ante una impasible China, que sigue actuando casi en silencio, pero dominando el panorama. Trump ha podido decepcionar a muchos de sus supuestos votantes, no sólo a los granjeros, pero también, porque está dedicando el segundo mandato mucho más a la política internacional, a reafirmar el menguante liderazgo global de su país, que a los asuntos de casa. Habrá descubierto que hace mucho más frío en las cosas domésticas, que yo creo que ya le parecen un incordio, que en el escenario internacional, donde tal vez piensa que aún puede lograr cierto lustre.
A nosotros, su discutible actuación en el Caribe-Pacífico, lejos también, al parecer, de cualquier control del derecho internacional, o su ávida mirada hacia Groenlandia (afortunadamente mitigada por el paso del tiempo), o esa persecución muy mal disimulada de los depósitos de tierras raras, nos afecta, pero no tanto como las lindezas que el magnate dedica de vez en cuando a Europa. Parece una obsesión, o una frustración. Trump deja sus perlas en discursos ocasionales, o cuando va alguien por la Casa Blanca, ya sea en plan pelota o como visitante normal, que de todo hay, y lo mismo recuerda a Sánchez que afloje la chequera en materia de defensa que le dice a Europa que va por muy mal camino. Sería cómico si no fuera más bien un poco trágico. ¿Tiene que soportar Europa esta continua humillación? No debería.
Que Trump se convierte a menudo en una desgracia política para cuanto toca, pocos con cierta capacidad de análisis y espíritu crítico lo pueden dudar. Su afán paternalista con Europa parece enfermizo, y quizás denota, mucho me temo, una especie de complejo de inferioridad. La decadencia de América es mala para todos, pero está pasando, y por eso dar lecciones sobre cómo gobernar o actuar ante las crisis contemporáneas no parece que esté en la mano de Trump. Europa no puede agachar la cabeza, con esa tendencia que tiene a veces a no querer pisar los callos de nadie. La prudencia es buena consejera, hasta que empieza a actuar en tu contra o a dejarte en evidencia.
El mundo se ha hecho más brutal, las ideas democráticas son puestas en cuestión una y otra vez por los nuevos bárbaros, y además las venden como una rebelión liberadora. Trump debe saber con claridad lo que piensa Europa. Ni paternalismos, ni tutelas, ni tutías, que decía el otro. Europa tiene suficientes argumentos culturales, históricos y políticos para estar orgullosa de su proyecto, como Borrell afirmaba ayer mismo, defendiendo que, cuanto más federalismo para Europa, tanto mejor (el federalismo pragmático de Draghi, por ejemplo). António Costa ha contestado también a Trump con energía y notable clarividencia. Pero creo que hace falta muchísimo más.
No sólo es necesario responder a las intolerables interferencias, sino evitar en lo posible que los apoyos de Trump a esa vieja y divisiva idea de la Europa de las naciones termine llevándose por delante la idea integradora de la Unión. Sarkozy ha presentado ayer su libro (es tiempo de libros personales, me temo, que justifiquen historias personales) para terminar bendiciendo al partido de Le Pen. La peligrosa semilla está sembrada. Por eso Europa no pude seguir sumida en la confusión mientras otros intentan destruirla.
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