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Opinión | Políticas de Babel

Profesor universitario

Democracia y ejemplaridad en la USC

Sigo con interés las elecciones a rectora en la USC, y no sólo porque sea mi Alma Mater, la institución en la que me formé y empecé como docente, y con la que sigo colaborando, sino también porque es una de nuestras universidades públicas gallegas; y, como gallego, me interesa todo lo que ocurre en mi Comunidad.

Fuimos muchos los que recibimos con ilusión la noticia de que cinco mujeres valiosísimas, con unas trayectorias admirables, y amplia experiencia al servicio de la universidad pública, habían decidido dar el paso y presentarse a las elecciones. El hecho de que fueran cinco candidatas sólo ilustra algo que es sobradamente conocido: que la brillantez y la excelencia nunca han sido de exclusivo dominio masculino; y que, por tanto, es hora de que las mujeres visibilicen sus méritos y, en consecuencia, accedan a puestos tradicionalmente y, a veces injustamente, ocupados sólo por hombres.

Muchos pensamos que era bueno que se visualizaran tantas candidatas dispuestas a identificar los problemas y las necesidades de su universidad; a diseñar sus respectivos programas; y a dedicar con vocación y generosidad unos años de sus vidas al servicio público. También se deducía que, tras la primera vuelta de las votaciones, a buen seguro habría que pactar y consensuar programas; algo que debería interpretarse, más que como división, como la existencia de pluralidad de voces altamente capacitadas e ilusionadas. Incluso un futuro escenario de acuerdos programáticos y de equipos humanos se nos antoja saludable y democrático.

Este panorama se tornó ensombrecido al trascender intentos por apartar a una de las candidatas cuestionando su “elegibilidad” debido a una consideración restrictiva del concepto de “cargos unipersonales”, cuando cualquiera que se mueva en el mundo académico, o se haya sometido a procesos de habilitación y acreditación, sabe bien qué se entiende por los mismos. En todo caso, si aún así alguien sigue teniendo dudas, siempre se debería favorecer la democracia, la participación y la transparencia; evidenciando buena fe; aplicando el criterio más amplio; y evitando, de ese modo, restricciones que pudieran resultar sospechosas y hasta legalmente cuestionables.

Esos rumores se confirmaron finalmente con la exclusión provisional, por parte de algunos miembros de la Comisión Electoral, de una de las candidatas; precisamente la misma cuya elegibilidad ya se había intentado poner en duda con anterioridad en corrillos informales. Eso sí, ahora debido a un formalismo igualmente cuestionable y que, en todo caso, según varios especialistas, sólo evidenciaría la burocratización y obsolescencia de ciertos procedimientos de esta universidad.

Lo preocupante, en todo caso, es que este tema podría empañar el proceso ilusionante, transparente y democrático que describía al principio de esta columna. No se trata de defender a una u otra candidatura, sino de aplaudir la existencia de todas las aspirantes; de valorar la riqueza de sus diferentes programas; y, finalmente, de dar la última palabra a quien corresponde, que es a la comunidad universitaria; para que pueda elegir y votar libre y democráticamente a aquella candidata que considere que representa mejor sus necesidades e ilusiones.

En medio de tanta corrupción y abusos, como los que están trascendiendo en el ámbito político, esperamos y deseamos que la institución académica esté a la altura, e insufle aire fresco; y que la futura y primera mujer rectora de la USC sea elegida en un proceso sin sombras, dudas, o controversias, como corresponde a un ente público, democrático, centenario y ejemplar.

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