Opinión | La Opinión
A por el aguinaldo
¿Ponemos música a esta reseña? Esta semana le corresponde a Beethoven por estar de cumpleaños, aunque ni sobre la fecha exacta hay acuerdo unánime. Dejémoslo en Bonn, 17 de diciembre de 1770, hace 255 años. No refleja el espíritu de estas fiestas a lo largo de su tortuosa existencia, más allá de vivir en Viena, célebre por sus adornos navideños en forma de bola de nieve. Ni siquiera logró catar el ambiente de familia. Sí consta que redactó una enigmática misiva dirigida a una mujer que, a falta de nombre cierto, se la conoce como «la amada inmortal»: una dama que, como todo apunta, era de alta cuna. Esa extraña carta de cuatro folios fue elaborada entre el 6 y el 7 de julio de 1812, en varios momentos de la jornada, de noche, de mañana, al acostarse y al levantarse, porque Ludwig no dejaba de pensar en su angelical depositaria. Ya por entonces hacía más de una década que había dado a luz su emotiva y melancólica Sonata para piano n.º 14 en en do#m, Op. 27 n.º 2, pieza que pasó a la historia como «Claro de luna». Esa obra está dedicada a Giulietta Guicciardi (1782-1856), noble austríaca de la que quedó prendado desde que comenzó a tenerla como alumna hasta que en 1803 se fue (in)felizmente casada a vivir a Italia. ¿Sería una de las destinatarias, entre varias candidatas, de esa declaración rota y almibarada?
Desde el encendido -y conocido- inicio («Mi ángel, mi todo, mi yo... ¿Por qué esa profunda pesadumbre cuando es la necesidad quien habla?») hasta el no menos ardiente y rendido final («¡cuánto anhelo y cuántas lágrimas pensando en ti... en ti... en ti, mi vida... mi todo! Adiós... ¡Quiéreme siempre! No desconfíes jamás del fiel corazón de tu enamorado Ludwig. Siempre tuyo, siempre mía, siempre nuestros») Beethoven se muestra totalmente entregado a una causa perdida. Así era él: un hombre de modales bruscos, nada refinado en sus gustos. Y, sí: sensible ante el afecto de una persona que, por lo que se intuye, le supo entender y querer.
Perdonen esta digresión, pero es que hemos escuchado a Beethoven en el Auditorio de Galicia la semana pasada y, si se preguntan qué pasará antes de Nochebuena, les diré que está previsto un encuentro de corales que interpretarán fragmentos de óperas, en su mayoría románticas. ¿La Navidad? Aquí brillará por su ausencia, siendo por ello mi disgusto procedente y claro. Prescindir de costumbres tan arraigadas, como cantar el ‘Mesías’ de Haendel cada mes de diciembre, se agradece e incluso agrada, pero de eso a no incluir ni un mísero villancico o ‘Christmas carol’, hay un trecho largo. Menos mal que otras agrupaciones nos los recuerdan en diferentes lugares de la ciudad, con el aliciente de que, además, los ofrecen de modo altruista y/o por una causa solidaria. Puede verse como una manera de pedir el aguinaldo, simpática triquiñuela para hacerse con algún agasajo que, tristemente, ha pasado a la historia. ¿Lo recuperamos? Basta hacer una quedada, por ej., en el Obradoiro o en la Quintana.
Para cantar una ‘panxoliña’ o ‘Noche de paz’ poco hace falta, pero si quieren ir entrenando para el próximo año - ¡hay que subir de grado! – adelanto en primicia un texto inédito de 1757 del ‘Cura de Fruime’, Diego Antonio Cernadas: «¡Qué impaciente es el Amor! / ¿Qué te aflige? / El esperar; / pues ¿seguro de lograr / no estás ya? / Tengo temor: / que el que espera favores Divinos, / que no mereció; / antes bien, por ingrato, provoca / las iras de un Dios; / tal vez de su Bondad / suspende la Piedad, /y su Benignidad / le hace ceder de Justicia al rigor. /– Pues no hay que temer: / aliéntate, que hoy / dichoso, has de ver / de Dios el Poder, / rendido al Amor», etc. etc. La melodía hay que crearla …
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