Opinión | Buenos días y buena suerte
Ni seguir a Trump ni imitarlo
A pesar de que el concepto de arancel viene de muy antiguo, quizás de la Antigua Mesopotamia, o, preferiblemente, de la famosa ciudad siria de Palmira, que lo estableció, y, por supuesto, de ciertas tasas que se cobraban en la Grecia clásica (en el Pireo, como impuesto portuario), la palabra en sí proviene, leo en el diccionario de la RAE, del árabe hispánico, alinzal, y, a su vez, del árabe clásico, inzal. Vícente García de Diego, según la Academia Mexicana de la Lengua, propone que el verdadero origen es ‘alam elacer’, árabe también, con el significado más exacto de ‘registro de precios’. En fin. Siempre me ha gustado mucho excavar en las etimologías, pero James Joyce me enseñó que a veces son un pozo sin fondo, un lugar equívoco, juguetón, y que hay mucha falsa etimología por ahí. Me alegra saberlo, poque el lenguaje debe albergar siempre un lugar para el secreto y para la sorpresa.
Digo lo de arancel porque ya saben que acaba de ser elegida como la palabra del año en español por la Fundeu-RAE. Me gusta la idea de elegir el término favorito del año (el más popular en los medios, en realidad), porque viene a ser como un regalo del invierno. La palabra gallega de 2025, a través de la Fundación Barrié y la Real Academia Galega, la sabremos, creo, en apenas unos días. Pero, de momento, nos quedamos con arancel, que siempre me sugirió algo parecido a un anillo que nos atrapa, como si la palabra tuviera que ver con aro (parece que no), tampoco con ara, desde luego, aunque sin duda esté ahora en el altar de la economía capitalista. Así que inzal. Precioso.
Originalmente, en árabe, podría ser ‘el alojamiento’, dicho desde mi ignorancia de esa lengua, advierto. Parece que tenía que ver, en efecto, con la tasa que se abonaba por permanecer en un lugar por unos días, quizás acompañando mercancías que viajaban de un lado a otro. Es también similar al impuesto de portazgo, así llamado en otro tiempo, es decir, impuesto de paso, de circulación, ya saben, y el edificio en el que tal impuesto se cobraba.
Toda esta belleza lingüística, y esa práctica submarina (o arqueológica) de la etimología, se pierde un poco cuando recuerdas que la palabra arancel, ahora mismo, se ha hecho famosa por Donald Trump, el señor de los aranceles, probablemente ignorante de sus orígenes lingüísticos (seguro que ello no se le da un ardite, que también era término monetario y cervantino, no en vano Cervantes ejerció como recaudador de impuestos por Sevilla), pero sí sabedor y promotor de sus nefastas consecuencias para todo el mundo.
Que Trump nos marque estilo lingüístico, con su retórica cuñadesca, es muy preocupante, pero lo que resulta aún más preocupante no es que saque la lengua a pacer (no tanto ‘a pastar’, y, un poco más a lo fino, ‘a pasear’), sino justo lo que implica hacerlo. Dijo Trump casi en éxtasis, que ‘tariff’ era su palabra favorita del diccionario inglés, sólo después de ‘God’ (Dios). Eso dicen que dijo. Si conociera ‘arancel’ (que le pregunte a Rubio), se enamoraría más, porque suena mejor. Aunque sea un despropósito, la palabra no tiene ninguna culpa.’Custom Duty’ es otra versión, pero se ve que Trump prefiere la forma más breve y sonora. Sonora, sí, como el mismo desierto.
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