Opinión | BUENOS DÍAS Y BUENA SUERTE
El parón navideño, al fin
El parón navideño suena a eso que dicen los futbolistas: “nos vamos al parón”, “ahora que viene el parón”, “mejor llegar líderes al parón”, y frases de este jaez. Un día hablaremos del lenguaje del fútbol, y del lenguaje de los comentaristas. Tiene mucha miga. El parón futbolístico implica que la Liga regular se suspende, por compromisos de la selección, o así, aunque puede suceder que se trate de un paréntesis vacacional o festivo, como ahora.
Hay un gran deseo de parón, sobre todo porque vivimos un tiempo tan acelerado e imprevisible que a menudo estamos a puntos de quedarnos sin resuello. Hablamos de las enfermedades mentales, del aumento exponencial de la ansiedad, y quizás no hablamos tanto de esta sociedad opresora, esclavizadora en muchos aspectos (mediáticamente es un sinvivir), que nos lleva a remolque, tantas veces sin posibilidad de detenernos un instante, contemplar el horizonte y cambiar de dirección. Anhelamos un parón, como los futbolistas, incluso este parón navideño que lleva a tantas cenas familiares (peligro constante, dice un amigo mío), incluso a sabiendas de que desembocará 2026 y volverán las oscuras golondrinas, o, más bien, las sombras que oscurecen todos los horizontes, todas las ventanas del invierno.
Pero es cierto que la lotería de mañana, el monótono cántico del azar que nos acuna cada Navidad desde las pantallas, supone una desconexión, un paréntesis que sustituirá la bronca política de las tertulias y de los programas al uso, otra letanía tradicional, incluso la bronca de los parlamentos y de los atribulados atriles, por las celebraciones de los bares de barrio, donde rara vez llega la alegría. Donde a los nuevos millonarios se les pilla en ropa de faena. Nos lanzamos al azar, porque el destino no existe, y porque los dioses, sobre todo la Fortuna, que es la que lleva este negociado, son caprichosos con las cosas humanas: siempre hemos sido el juguete favorito de la suerte.
Y luego el parón, el paréntesis. Ojalá lleguemos líderes al parón, que dicen mucho en la zona mixta. Aunque serviría con salvarnos del descenso de categoría. Esta vez, además, con unas elecciones en medio, las de Extremadura, una gran rareza de Nadal. Guardiola (ay, ella también tiene apellido de fútbol) tuvo esta visión, esta querencia navideña. Por lo que sea.
Pero también esto pasará, porque mimetizarse con el decorado navideño implica olvidarse de todo, antes de que el ruido habitual de los férreos engranajes de la política, el chirrido que llega del subsuelo, venga a sustituir a la dulce música de los anuncios de fragancias, que son la metáfora televisiva de nuestros deseos incumplidos. Queremos vivir esos amores azules. Esa armonía de los cuerpos gloriosos que nadan junto a ballenas y ballenas. Queremos sentir esa luz y ese aroma (en televisión, el aroma se le supone) porque son una promesa, mientras aireamos las sábanas del otoño, sobre esta hojarasca ya pútrida que hemos ido arrojando sobre el pavimento.
No, no hagáis aún planes para el año nuevo. No soñéis con ser mejores, porque casi nunca ocurre. Despedimos a Jane Austen y a Castelao (aunque siguen ahí). Saludamos a Otero Pedrayo. Lo que viene es el parón navideño, el fin de la realidad por unos días, y la sustitución del dolor político y el pánico que produce este nuevo siglo por el elogio rosáceo de los gambones. Eso, en el mejor de los casos. La comida nos salvó casi siempre cuando estábamos tristes, y es seguro que alimenta mucho más que el odio. Si no tenéis ganas de cantar, pedid silencio. Pronto volverá, creo, el ruido y la furia.
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