Opinión | Buenos días y buena suerte
Ni seguir a Trump ni imitarlo
Ni los actos de barbarie política ni los pequeños detalles, presuntamente insignificantes, deben ser ignorados en el gobierno de Trump. Cada cosa tiene su importancia y persigue su objetivo, y, a pesar de la apariencia de caos de la administración estadounidense, hay sin duda un cierto rigor táctico en cada uno de los surrealistas movimientos que contemplamos casi a diario.
Se trata de una acción que se despliega en todos los frentes, sin dejar cabos sueltos, desde asuntos que mueven a la risa (pero que son demasiado serios), como poner el nombre del presidente a una serie de la nueva flota de acorazados (¡clase Trump!, nada menos), o añadirlo al Centro Kennedy, llamado así en honor del presidente asesinado, como acaba de suceder hace unos días. Los operarios tuvieron que colocar el nombre de Trump en la fachada en cuestión de horas, para que quedara bien claro, y es que Donald quiere dejar su impronta física, no sólo en sus torres o en su famoso avión, todos rotulados en grandes caracteres, sino en los decretos que firma con grafía digna de estudio grafológico, y, ahora, en la pared del Kennedy Center. El New York Times afirma que el concierto de Jazz de Nochebuena, que se iba a celebrar allí como siempre desde hace dos décadas, fue suspendido por el organizador, Chuck Redd, contrario al cambio obligado de denominación.
Los nombres, en fin, no son inocentes, los nombres revelan demasiadas cosas. Y la pasión por el yo se abre así camino, provocando vergüenza ajena. Trump es capaz de insistir en poner su nombre hasta en lo que le perjudica (él piensa que no es así, claro), como las muertes selectivas en el Caribe y en el Pacífico, un asunto no explicado que agranda el matonismo político que Trump representa en el mundo de hoy (junto a otros líderes). Poco a poco, la gran operación global de enaltecimiento del autoritarismo, la búsqueda de áreas de influencia en la geopolítica y el desprecio por los derechos humanos va tomando forma. Y aquí estamos, en Europa, atónitos y paralizados. O casi.
Seguir a Trump, o imitarlo, producirá un daño a corto y medio plazo en las democracias occidentales. Resulta descorazonador que algunos partidos de las democracias europeas (aunque contrarios a Europa tal y como la conocemos) defiendan el ideario trumpiano, sus bravuconadas y sus ataques a los derechos humanos (o la falta de defensa de ellos), y además con un apoyo popular que va in crescendo. Ahora que empieza un nuevo año deberíamos meditar sobre qué estamos haciendo con nuestra futura libertad.
La izquierda también debería hacerlo, porque tiene su parte de culpa en esta deriva: no termina de ofrecer a los jóvenes lo que los jóvenes necesitan, por ejemplo, en materia de vivienda, y esa es la razón por la que la ultraderecha de raíz trumpiana, junto al patrioterismo palabrero, aprovecha para hacerse pasar por una nueva revolución. Es un problema de los votantes, sí, de la manipulación en marcha, pero también de la meliflua acción de la izquierda.
En las últimas horas, a pesar de la disminuida agenda de las últimas semanas, Trump ha vuelto a las andadas con el asunto de Groenlandia. Acaba de nombrar un enviado especial a la zona, el gobernador de Luisiana, Jeff Landry. A esto se le llama preparar el terreno. De nuevo, Europa parece el objetivo del pseudomonarca norteamericano, y Groenlandia su feroz obsesión (una más en su lista). Otra vez a soportar andanadas que ponen en duda la legitimidad de las fronteras, lo que explica sus soluciones para Ucrania, supongo. Es para mear y no echar gota: sólo puedo decirlo así.
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