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Opinión | Políticas de Babel

Profesor universitario

Mercosur sigue aplazado

El presidente brasileño luchó con uñas y dientes. No sólo no escatimó esfuerzos diplomáticos, sino que incluso llegó a decir que, si el acuerdo entre la UE y Mercosur no se firmaba el 20 de diciembre, renunciaría a acometerlo mientras él ocupase la presidencia de Brasil, o que empezaría a priorizar a otros aliados comerciales fuera de Europa. Pues, ni aun así. Diversos sectores empresariales europeos, ayudados por sus líderes gubernamentales, le mostraron a Luiz Inácio Lula da Silva que su poder tanto dentro como fuera de América Latina es limitado. De hecho, a muchos nos sorprendió la prepotente y desafiante actitud del de Pernambuco; sobre todo conociendo los recelos que todavía manifiestan múltiples conglomerados productivos a ambos lados del Atlántico.

Aquí mismo lo advertimos hace un año, el 15 de diciembre de 2024, tras aquel acuerdo político sellado apenas unos días antes, el 6 de diciembre (“Mercosur: 25 años no son nada”). Señalábamos entonces que diversas cooperativas y sindicatos agrarios europeos consideraban que sectores como el azucarero, el avícola, el vacuno, el ovino o el porcino, así como el de los cereales, el arroz, el vino, la miel, o el de los cítricos, podrían salir perjudicados de una negociación en la que no habían participado. Frente a estos sectores, aparentaba, al menos en la UE, que había otros que sí consideraban provechoso el acuerdo, como el automovilístico, el de la maquinaria, el de las infraestructuras, el químico y farmacéutico, o el de la energía.

Pues bien; lo más sorprendente es que también estos últimos se muestran hoy día escépticos incluso en América (y pese al entusiasmo que muestran sus líderes nacionales). Los motivos son comprensibles. La industria argentina y brasileña, que se afana en trabajar al margen de las disquisiciones políticas y diplomáticas supranacionales, teme un inesperado proceso de desindustrialización frente a proyectos europeos altamente competitivos, y cargados de certificaciones y controles establecidos por unos socios europeos que ellos todavía no perciben como aliados. No hablamos sólo de la predecible industria automotriz o metalúrgica, sino incluso de esferas como la textil, o la del ámbito químico.

Quizá por eso, si Francia, Países Bajos, Polonia, Hungría, Austria, Bélgica, Irlanda, e incluso Italia, manifiestan sus dudas, también Brasil, Argentina, Uruguay, Paraguay y Bolivia (cuando termine su proceso de adhesión), habrán de apaciguar a sus industrias y sectores empresariales internos. Y es que, si tras veintiséis años de negociación, aquellos que nos representan todavía no han sido capaces de convencer a un mercado capaz de abarcar a 700 millones de personas, por algo será. Hasta sorprende que, mientras Francia e Italia solicitan más tiempo y garantías para sus agricultores, Pedro Sánchez se muestre tan entusiasta con la rúbrica del acuerdo.

Como ya hemos señalado en diversas ocasiones, Mercosur aparenta idóneo para contrarrestar la competencia de China (y de Rusia) tanto en Europa como, sobre todo, en América Latina; al tiempo que para protegerse frente a la política arancelaria de Trump en diversos sectores estratégicos. Pero las cláusulas de “salvaguarda” aprobadas la pasada semana por el Parlamento Europeo no parecen suficientes. Y la falta de seguridad alimentaria y ecológica debido a la ausencia de cláusulas espejo concretas, sigue ahí. Habrá que esperar al trabajo que realicen en enero los comités sectoriales. Entretanto, toca esperar. Y es que quizá merezca más la pena un acuerdo tardío, que un mal acuerdo; pese a las prisas interesadas de Alemania.

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