Opinión | El Trasluz
Mejor que normal

Mejor que normal. / Shutterstock
Tras apagar la luz, y mientras daba un repaso mental a las tareas del día siguiente, sentí ese leve vértigo que anticipa el sueño y me dormí. Nada extraordinario. Más tarde, al abrir los ojos, comprobé que no estaba en mi habitación, sino en una especie de sala sin paredes, iluminada con una luz como de quirófano que no venía de ningún sitio. Delante de mí, un hombre, o un ente que jugaba a serlo, hojeaba unos papeles.
-Por fin -dijo sin levantar la vista-. Ha tardado.
-¿Qué dice?
-Le explico. No se podrá despertar hasta que lleguemos a un acuerdo.
-¿Un acuerdo?
-Sí. Esto no es un sueño, tampoco es la vigilia. Es el Entrelugar. Se encuentra usted en el Entrelugar. Y hay burocracia, hay papeleo, como en todas partes. Conviene negociar su regreso. Tendrá usted que ofrecer algo.
Entonces me di cuenta de que no recordaba mi nombre. Ni mi edad. Ni si tenía hijos. Todo eso, pensé, debía de estar en los papeles que el hombre repasaba delante de mí.
-¿Qué tengo que dar?
-No siempre es algo -dijo-. A veces se trata de una cuestión de la que debe hacerse cargo.
Se inclinó hacia mí. Sus ojos me resultaban extrañamente familiares, como si fueran los míos, para decirlo todo.
-¿Está dispuesto entonces? -añadió.
Asentí por miedo a no ser capaz de despertarme. Él deslizó un papel hacia mí. No tenía letras, pero al tocarlo comprendí que lo que debía aceptar era la ilusión, de que el mundo, allá afuera, al otro lado del sueño, y pese a Trump y Cía, seguía siendo un lugar sólido, confiable, real.
-Una vez firme -advirtió-, no volverá a estar completamente seguro de encontrarse despierto. Pero podrá salir de aquí.
Firmé. La sala se disolvió.
Amanecí en mi cama. El sol entraba a gritos por la ventana. El día era espléndido. Todo parecía normal, mejor que normal. Hasta que, al lavarme la cara, vi en el espejo que mis ojos no eran exactamente los míos. Alguien que no era yo me observaba desde ellos.
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