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Opinión | Buenos días y buena suerte

Profesor titular de Universidad

El próspero Año Nuevo y todo eso

Por estas fechas comienzan a caer en el correo electrónico y en los wasaps las felicitaciones de fin de año. Ya no en papel (ese papel de calidad, satinado y tal, a menudo con alguna pintura clásica impresa, tipo ‘Adoración de los Reyes’), como era costumbre el siglo pasado, e incluso a principios de este.

Ahora lo normal es el reenviado digital, tan cómodo (yo también caigo en él, claro), el aprovechamiento de alguna imagen estupenda creada por alguien y transmitida millones de veces de un lado a otro, o el meme, que ha ganado adeptos, porque la risa es lo que al final nos ayuda a transitar en medio de la barbarie y la estupidez. Por supuesto, tengo amigos geniales que crean su propio vídeo muy personal, intransferible, lo que da mucho valor a sus buenos deseos. Y luego está la IA, que también tiene su dimensión creativa navideña, faltaría más. La IA permite hacer como churros cosas que parecen audaces, digamos. También se utiliza mucho en la sátira política, ya saben.

El caso es que en horas se termina 2025 y uno siente que lo mejor es que se vaya cuanto antes. Gracias por los buenos deseos, tan automáticos como bien intencionados. Me gusta cuando escriben eso de “feliz entrada y salida”, una frase que parece venir de muy atrás, pero que tiene sentido. Cambiar de año sólo implica arrancar la hoja del calendario (bueno, si me acuerdo, que a veces pasan días…), pero tiene algo de atravesar el dintel mágico, algo también de aventura, de expedición a lo desconocido (quizás, a la jungla).

El que no se consuela es porque no quiere. Como dicen algunos, empeorar el año que termina va a ser difícil. Pero no subestimen a 2026, queridos. Si algo puede ir a peor, lo hará. ¿O era ‘si algo puede salir mal, saldrá’? Si, la Ley de Murphy, en efecto. No, no quiero aguarles la fiesta. Ni parecer pesimista. Pero ¿cómo no serlo? “Feliz entrada y salida”: la frase implica un esfuerzo, como la descripción de un parto difícil. Nacemos otra vez y el año debería ser una ‘tabula rasa’, un volver a empezar. Nada de eso es posible.

Aunque es mejor no empezar de nuevo, créanme. Somos historia y memoria, no somos otra cosa, apenas esa luz de raros momentos felices. Ya somos algunos mucho más pasado que futuro. Y somos también el olvido que seremos. No creo en la posibilidad de despojarnos de todo lo que nos ata al suelo, de lo que nos duele y nos corroe, de todo lo que nos quita el aliento.

Casi todas las amables felicitaciones, que despiden el año como un cargamento de ceniza, o quizás de estiércol, ya sin valor material (y así veo yo el tiempo que ahora termina), incluyen eso de ‘próspero Año Nuevo’, otra frase arraigada en el pasado, relacionada con el deseo de buenas cosechas, que era lo verdaderamente importante. Los romanos intercambiaban higos y miel como regalo de año nuevo (abstenerse diabéticos). Un amigo mío siempre dice, por romper el rito, “Felices fiestas y Próspero Mérimée’. Del Próspero de Shakespeare, también involucrado en la magia, de interés para gobernantes en apuros y aspirantes a serlo cuanto antes, hablamos otro día.

¡Ah, próspero Año Nuevo! Benditas frases hechas. Bendito guion de época. Me valdría con que no prosperase la inhumanidad, la exclusión, la barbarie, la ignorancia, el autoritarismo, la venganza, la pobreza, la siembra del odio. Parece lo obvio, sí, pero es que precisamente eso es lo que no deja de prosperar. Y siento decir que en el año que ya comienza todo ese horror, que se amasa peligrosamente en el horizonte, puede prosperar aún mucho más.

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