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Opinión | Buenos días y buena suerte

Profesor titular de Universidad

2026, échale huevos

2026 comienza con un director de orquesta animadísimo (Yannick Nézet-Séguin) al frente del concierto del Año Nuevo con la Filarmónica de Viena. Lo escucho en la distancia, me ducho con la marcha Radetzky, siempre tan marcial, mis aplausos suenan entre las volutas de espuma de aloe. Qué marcha. (Pero, en fin, no entraré ahora en detalles históricos). Eso sí, espero que lo militar no sea una de las características del nuevo año. Llámenme iluso.

El primer día de enero es el no-día, si me lo permiten. No existe, salvo por esos saltos de esquí, en mi amada Garmisch-Partenkirchen, donde sólo estuve una vez ya remota (y era verano). Y salvo por ese concierto festivo, elitista, disimulando el eco de la Europa herida, resonando en esos artesonados que producen la mejor de las acústicas, y acariciando esa belleza blanca y mostaza, el brillo de dorado estuco, que incluso podría emocionar a Trump (ojalá, sería un comienzo), aunque el magnate parece más un político con ideas de bisutería. Todo en esos salones ‘posh’ de la música de Viena.

Siempre hemos sido muy elegantes en Europa, incluso en la derrota. No España y Rusia, no, otro carácter, con batallas donde la nieve se manchaba de sangre. Bueno y luego está Napoleón, claro. Napoleón. Ojalá nuestro invierno sea siempre el de los saltos de esquí, ese salto hacia adelante sobre los tejados de Garmisch, esa metáfora del vuelo de Europa hacia el futuro.

En los estadios de fútbol, cuando un equipo se amilana (no me refiero al Milán, necesariamente), se escucha ese cantar: “¡échale huevos, échale hueeeevos!” No es poesía, de acuerdo. Pero eso es lo que yo le canto hoy a este incipiente 2026, este proyecto de criatura anual, que a buen seguro se despierta asustado ante la barbarie que avanza, aunque Kiko Llaneras insiste en decirnos que todo va mejor, y que los datos cantan. Bien España en la macroeconomía, por ejemplo, bien en la Bolsa. Conviene decirlo. Pedro Sánchez sigue sin comprender por qué no se filtra esa euforia y, en cambio, se siente preso del hechizo de la Reina del Invierno. Congelado en las urnas.

Yo encuentro que 2025 fue muy vomitivo, con miles de niños muertos, con jóvenes asesinados en las guerras, que no volverán a casa a besar a sus padres ancianos. Y con la llegada de los políticos matones, apoyados o no por los votantes. Eso es lo que encuentro. 2026 es un territorio desconocido, como todos los años que comienzan, pero esta vez los retos parecen formidables. Hay un terror que nos pone en guardia. Hay un mal que se amasa en el aire.

En Nueva York, tras varios días de nevada intensa, han inaugurado el año en la vieja estación del arquitecto español Rafael Guastavino. Allí tomó posesión hace horas el nuevo alcalde, Zohran Kwame Mamdani. Es un político Demócrata de 34 años: con futuro. Trump dice ahora que le cae bien.

Javier Moro, que escribió ‘A prueba de fuego’, me contó en 2020 muchas cosas de Guastavino, que incorporó la arquitectura mediterránea a Nueva York. Mostró a su hijo la construcción del puente de Brooklyn. Recubrió de azulejos la estación de la isla de Ellis, donde llegaban cientos de miles de inmigrantes. Y luego, construyó esa estación de metro que es una reliquia, Old City Hall, bajo la alcaldía de Manhattan. Ahí tomó posesión Mamdani. Todo un mensaje de apertura, de integración cultural, una lección sobre el pasado de la ciudad y su gente. Nueva York se explica mejor como hija de la inmigración y la gran fusión de las culturas. En fin. Comienza el año que tal vez viviremos peligrosamente. Así que sí: tendremos que echarle huevos.

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