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Opinión | Políticas de Babel

Profesor universitario

Sin tregua en Ucrania

De nuevo visitó Volodímir Zelenski a Donald Trump; en esta ocasión en su casa de Mar-a-Lago, en Florida. Y una vez más la comunidad internacional quiso interpretar este viaje como un paso decisivo hacia un acuerdo de Paz entre Ucrania y Rusia que, según Trump, estaba pactado en un 90%. Pero nada más lejos de la realidad. La candidez y buena voluntad de la prensa contrasta con la frialdad de un Vladímir Putin que lamenta el ataque con drones contra una de sus residencias oficiales, y piensa que tiene poco que ganar con un acuerdo que no le resulte altamente beneficioso. Incluso consiguió aprobar un presupuesto para que la Federación de Rusia pueda prolongar la guerra, al menos, dos años más. Una pena, sobre todo teniendo en cuenta las bajas rusas (más de 800.000 entre muertos, heridos y desaparecidos), y la ucranianas (unas 400.000), a los que debemos sumar los casi 7 millones de refugiados fuera del país, y los más de 4 millones desplazados internamente.

Por su parte, la UE sigue tratando de meter cabeza. Ojalá que el acercamiento de Pedro Sánchez a China, y sus vínculos con Venezuela y otros socios comunistas y rupturistas no vuelvan a dejar a España fuera de unas negociaciones que para los europeos son decisivas, en tanto que serán los Veintisiete, junto con Reino Unido (y en menor medida la OTAN), los que se tendrán que encargar de la seguridad de Ucrania cuando llegue el acuerdo (de manera inmediata y a largo plazo, como desea Zelenski); especialmente del territorio que le quede a Ucrania, pues el 20% del país que ya ha ocupado Moscú, por ejemplo en el Donbás, ya nunca volverá a manos de Kiev ni perderá la preeminencia política y militar del Kremlin. Esto lo sabe y da por hecho hasta el ciudadano ucraniano más desinformado, como comprobaremos cuando lleguen tanto el preceptivo referéndum, como la aprobación parlamentaria.

Luego están las provincias de Zaporiyia y de Jersón. En Zaporiyia se ubica la mayor central nuclear de Europa y una de las 10 más grandes del mundo (de ahí que ni Moscú, ni Kiev, ni Washington o Bruselas quieran renunciar a su control). Por su parte, Jersón sería vital para Putin a fin de completar un corredor rusófilo sobre el mar de Azov y llegar hasta Crimea y el mar Negro occidental. Todo un manjar geopolítico para un presidente ruso que desea llevarle trofeos a un pueblo cada vez más hastiado de la guerra. Finalmente, Trump y Putin seguirán relamiéndose sobre lo mucho que se podrán beneficiar de la futura Ucrania en términos económicos, industriales y de recursos naturales. ¿Y la UE? Pues los europeos nos tendremos que conformar con asumir la reconstrucción, y quedarnos con las migajas; pues los 90.000 millones de euros prestados a Kiev, ya nunca los recuperaremos.

Quién nos iba a decir que el acuerdo de asociación con la UE, firmado el 21 de marzo de 2014 por Víktor Yanukóvich, iba a provocar un enfado tan grande en Rusia, que temía perder así su preeminencia política sobre la capacidad de decidir en un país que consideraba dentro de su esfera de influencia pese a haber alcanzado la independencia ya en 1991. La respuesta endeble de los europeos a su anexión de la península de Crimea animó al Kremlin a incrementar su apetito territorial sobre el país vecino; un apetito que ya nunca se saciará. Sólo espero que el acuerdo, al menos de alto el fuego, que se pueda alcanzar (debido al desgaste por ambas partes y a la dificultad para conseguir reemplazos militares), quede bien atado; pues una Paz definitiva se me antoja imposible (ya vimos el poco éxito que tuvo con el paso del tiempo el propio Memorándum de Budapest de 1994).

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