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Opinión | BUENOS DÍAS Y BUENA SUERTE

Profesor titular de Universidad

"Ya estamos nosotros al cargo"

Hasta ahora estábamos acostumbrados a recibir las ocurrencias cotidianas de Trump como algo propio de un estúpido o de un necio. Se admitía esa estupidez, esa necedad, y se celebraba con bastante jolgorio (por lo ridículo) o con absoluta estupefacción. Desde la sensatez, nadie esperaba que este circo antidemocrático fuera muy lejos, más allá del cuñadismo perpetuo y el elogio de la ignorancia que profesa, pero cuando alguien de esta ralea tiene en sus manos un juguete poderoso (el país más poderoso, el ejército más poderoso), lo normal es que acabe liándola. Y me temo que en esas estamos.

Tras la captura de Maduro y su mujer, el otro día, aderezada con escenas más cinematográficas que otra cosa (aunque también hay mucho que se desconoce de tan oscuro guion), se dice que Trump ha abierto de verdad la caja de Pandora, sobre la que estaba sentado, pero siempre amenazando con abrirla. No se ha podido resistir. El magnate que parecía estar más interesado en sus granjeros que en la política internacional ha virado bruscamente, porque la economía se lo pide a gritos, los aranceles no solucionan tanto, y el declive (y la competencia de China en la región) exige medidas inmediatas. Es un pensamiento ultra, heredado de la atmósfera Bannon, pero eso, en verdad, es lo de menos. Quiere a toda Latinoamérica de su lado, como el matón de la hora del recreo quiere a todos los compis callados y temerosos.

Con lo de Venezuela, Trump manda un mensaje claro al hemisferio, y a los del otro lado: quiten sus manos de mi patio trasero. El presidente lo ha dicho con nitidez, en algunas de esas ruedas de prensa de auténtica aurora boreal que suele protagonizar. Sea por simpleza o por sus huevos morenos, con perdón, el hombre explica muy bien lo que pretende. A pesar de tanta propaganda y tanta ‘fake news’ como suele manejar para edulcorar la realidad inconveniente, en esto es claro como el agua: tiene el ejército y va a usarlo. Lo de Monroe bien, pero, como hace siempre, asegura que lo suyo es mucho mejor. Dónde va a parar. Ya está cambiando la doctrina Monroe incluyendo su nombre, Don-Roe, como en los rascacielos, los aviones, las fragatas y el Kennedy Center de Washington. Una megalomanía de libro.

Trump es previsible en general e imprevisible en particular. Cuando los adeptos de Corina celebraban su vuelta (empezando por ella misma), Trump ha dicho que seguía con Delcy para bingo. Todo dios, sobre todo la derecha, sin saber qué decir. No será por amor al chavismo, pero Trump, llegado el caso, va al turrón, o al petróleo, y no se detiene en hacer ascos a nada. O eso es lo que parece. Su baile electoral es torpe y monótono, pero el hombre aún sabe romper caderitas, regateándose incluso a sí mismo. Si esto es el patio trasero del imperio (Trump le dice a China, sobre todo, que no tan rápido), lo normal es buscarse alguien para que vaya gestionando el día a día. Trump ha pensado en Delcy como quien piensa en el vecino que controla bien el cuadro eléctrico, la sala de calderas y todas las espitas del edificio.

Trump ha encendido el motor del nuevo orden (es un decir): ya no son sólo las palabras estúpidas. Ahora son las acciones estúpidas, pero quizás rentables. Trump considera el continente americano su negociado, su comunidad de vecinos. Esto no es nuevo, ni tampoco lo es el uso de la fuerza bruta. Como sucede con Putin en Europa, muchos se preguntan si Trump seguirá con su cruzada, con su carrera por eliminar obstáculos. Ah: ni una palabra sobre la democracia. Y Europa, paralizada o casi, viéndolas venir.

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