Opinión | Posdata
Acudidme, por favor
Puede que hasta me repita, pero me resulta inquietante que, por prevenirlo, me quede sin decir algo que ha de ser dicho. ¡Me asusta el mundo en que me ha tocado vivir! Y no, no, que ya no es porque me haya tocado un lugar poco ilusionado en el juego, sino porque ya ni siquiera soy quien de saber si hay en el perdedores y ganadores o si todos pierden, porque que todos ganen no es posible. En la vida, nos guste o no nos guste, nunca ganan todos a una; hay perdedores y ganadores y de unos, los que pierden, más que de los otros, los que ganan. Ese es el juego. A eso hemos venido.
De un tiempo a esta parte es rara la semana en la que no nos azota la noticia de un evento devastador. Y entre todos ellos, doliendo más por vergonzosos, resaltan los que provocan los hombres tontos, necios, canallas, bellacos, cretinos o simplemente imbéciles, de los cuales, por mucho que nos sorprenda o duela, hay cada vez más.
Cuando alguien piensa que la humanidad no se cose con el reconocimiento mutuo de la dignidad de los humanos sino con la simple voluntad de los poderosos, es un perfecto imbécil. En ese mundo, sin equidad ni respeto mutuo, pocos pueden esperar más logro que la simple ganancia que, además, solo reconocemos como importante si es más grande que la de los otros. Es el mundo de los hombres contra sí mismos, en el que no hay más fuerza que la del coraje, el atrevimiento, sin amabilidad ni vergüenza.
Y todo esto se me vino a la cabeza, que cada vez tengo más llena de lamentos que de ideas, con la última de las acciones violentas promovida por el país que se cree el más poderoso de la Tierra y que yo, sin embargo, considero atenazado por el infortunio de ser gobernado por un imbécil. Por eso tengo miedo: la mezcla incontrolada de poder e imbecilidad no puede dar de sí nada bueno.
Si un país como los Estados Unidos no logra definir un liderazgo propio basado, además de en su riqueza, en el mayor disfrute del progreso científico y todas las demás componentes del progreso mismo, solo puede derivarse del lamentable hecho de estar en manos de un imbécil con una idea equivocada de sí mismo.
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