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Opinión | Buenos días y buena suerte

Profesor titular de Universidad

Tiempo de egoísmo y barbarie

A pesar de la confusión, parece claro que puedes estar o bien en el lado bueno de la Historia o bien en el lado de Trump. Es una dicotomía que explica la realidad actual del mundo, pero no enteramente. No sólo Trump es el lado equivocado de la historia. Hay otros, en su línea, jugando a su mismo juego.

El estado general del mundo ahora mismo (salvo alguna cosa) es el de la estupefacción general. Trump, previsible y claro en su trabajo de demolición del orden mundial tal y como lo conocemos, pero amigo de giros imprevisibles que rompen la cintura a las mejores defensas, no se mueve del plan, más elaborado de lo que cabría pensar de un gobierno como el suyo. Si parece estúpido, habla como un estúpido, y se mueve como un estúpido, podrías concluir que estamos ante un estúpido. Pero hay ahí una inteligencia que no se puede negar, aunque sea la inteligencia del egoísmo y de la barbarie. Para hacer el mal se necesita inteligencia, y alguien ha de tenerla.

Por tanto, conviene no confundir la ‘performance’ televisiva con los hechos. Creo que Trump disfruta con sus burlas (él, lógicamente, ha sido objeto de muchas, y quizás sea otra forma de vengarse): su última rueda de prensa, imitando con gran torpeza a Macron, es una reedición de aquella otra en la que aseguraba que muchos líderes darían cualquier cosa por besar su culo. Eso dijo. Ahora insiste, con una sorna preocupante, yendo siempre un paso más allá en sus monólogos televisivos. Con el mundo en tensión, con el riesgo creciente de un gran conflicto, el tío va y se descojona por los atriles.

La psiquiatría tiene bien estudiado ese placer que algunos obtienen en exhibir su dominio, por injusto que sea, en mostrar abiertamente su superioridad y jactarse de ella. Seguramente conocen el Síndrome de Hubris. Parece que estamos ante un caso así, o esa era la conclusión a la que llegabas al ver la entrevista que la CNN hizo el lunes pasado al hombre que más influye en Trump y en sus decisiones, según todos los informes: Stephen Miller. Escucharlo en medio de la fría madrugada (aquí) infundía verdadero temor.

Esa mirada sin empatía aparente no parecía real, no parecía posible. Pero me temo que lo era. (Si el tal Miller no es así, sin duda se trata de un gran actor). Aseguró que el mundo actual (será su mundo, supongo) se mueve “por la fuerza, por la dureza, por el poder”. Y concluyó, con un tono cercano al feroz desafío (sólo había que ver la cara que se le quedaba al entrevistador), que Groenlandia debe ser propiedad de Estados Unidos porque su país “es una superpotencia”. Y porque esas “son las reglas que han movido el planeta desde el comienzo de los tiempos”. Tremendo: se mire como se mire.

El impacto trumpiano en esta primera semana del año ha hecho desaparecer prácticamente la política nacional. Nuestras polarizaciones son poca cosa ante el miedo planetario que está sembrando el ‘monarca’ norteamericano. Y, aunque el asunto de Venezuela no nos es nada ajeno, el desconcierto de la derecha ante las acciones de Trump con Delcy Rodríguez caracteriza este momento tan borroso, por mucho que haya movido los ojos hacia Zapatero, como cabía esperar. Sánchez se ha activado en su terreno favorito ahora mismo, la esfera internacional, y es presentado como firme opositor a Trump. Más que la media de la Unión Europea. Pero si Trump se mueve contra Dinamarca ya no habrá OTAN. No caben conflictos armados con los USA. Si la teoría de Miller es la que maneja el mundo, Europa se va a quedar como terreno vulnerable. Como ese lago al que acuden a morir las democracias.

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