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Opinión | Tribuna

Periodista

Venezuela: la jaula, el silencio y la Justicia pendiente

La memoria es el único tribunal que no prescribe antes de tiempo. Hace ya más de dos décadas, en aquel septiembre de 2003, cuando un grupo de periodistas españoles -fundadores del CLUB AREKUNA, al que yo mismo bauticé- pisamos la tierra sagrada de los tepuyes bajo la advertencia de amigos visionarios, la tormenta ya se gestaba en el horizonte. La deriva autoritaria de Miraflores comenzaba a trazar su siniestra hoja de ruta. Desde entonces, la tragedia venezolana no puede explicarse sin comprender la compleja interacción geopolítica, a menudo errática, que ha servido de combustible al incendio. La constante tensión con la intervención de Estados Unidos, real o retórica, se convirtió en la coartada perfecta, en el “enemigo externo” necesario para que el chavismo justificara el blindaje de sus fronteras y la asfixia de sus ciudadanos.

Bajo el pretexto de una soberanía mal entendida, se construyó una jaula. Y para que una jaula sea efectiva, nadie debe ver lo que ocurre dentro, y nadie dentro debe poder gritar.

El lenguaje universal del totalitarismo es el silencio impuesto. En él habitan las respuestas a las incógnitas más oscuras. Eduardo Galeano, periodista y escritor uruguayo, advertía que “sólo los tontos creen que el silencio es un vacío; no está vacío nunca”. En Venezuela, ese vacío aparente está colmado de crímenes. La estrategia ha sido bifronte y brutal: hacia afuera, la expulsión sistemática; hacia adentro, el presidio.

Hemos asistido, con una impotencia que ya se torna en ira, a la retención y deportación de periodistas internacionales en las fronteras exteriores, en los filtros de Maiquetía o en los pasos fronterizos con Colombia. El régimen no quiere testigos. Al vetar la entrada a la prensa extranjera, buscan que el mundo solo vea la tramoya de cartón piedra que ellos construyen. Pero la infamia mayor se comete intramuros. La detención arbitraria de periodistas internos, de los valientes reporteros locales que se niegan a apagar sus grabadoras, constituye una violación flagrante del derecho más sagrado: el derecho a la verdad. Las mazmorras del Helicoide están llenas de voces que solo cometieron el “delito” de informar.

Nos enfrentamos a una “censura por acumulación”, como la define el periodista redondelano Ignacio Ramonet, tan buen conocedor de la región y sus aconteceres, cuando no él mismo protagonista. No se trata solo de prohibir, sino de ahogar la realidad. Sin embargo, la verdad tiene la costumbre de filtrarse por las grietas de los muros más altos.

La estética del horror tiene un límite, y la ética exige acción. No estamos ante meros errores administrativos ni ante un simple conflicto diplomático; estamos ante crímenes de lesa humanidad. La persecución de la prensa no es un daño colateral, es un plan sistemático. Por ello, la retórica de las cancillerías ya no basta. La condena sobre el papel es tinta mojada frente al dolor de un pueblo hermano.

La exigencia de libertad de expresión y el respeto irrestricto a los Derechos Humanos debe ir acompañada de la amenaza real y tangible de la Justicia Universal. Si el sistema judicial interno ha sido secuestrado, convertido en un apéndice vergonzante del poder ejecutivo, es imperativo que la mirada de la comunidad internacional se dirija, sin titubeos, hacia el Tribunal Penal Internacional de La Haya. La Corte debe actuar no como una opción política, sino como una obligación moral ante el secuestro de una nación.

No es momento de dudas existenciales ajenas a nuestro sentir, sino de encarar la realidad con la contundencia de la propia tierra venezolana. Como planteó en su obra cumbre el maestro Rómulo Gallegos (1884-1969), escritor y político venezolano, la historia de esta región se debate en una lucha perpetua: Civilización o Barbarie.

El régimen y cuantos lo tutelan, al encarcelar a sus periodistas y expulsar a los testigos, ha elegido la Barbarie: la de la tortura, el silencio y la oscuridad. A la comunidad internacional, y muy especialmente al Tribunal de La Haya, le corresponde imponer la Civilización: la de la ley, la justicia y la luz sobre las tinieblas. Porque si permitimos que en Venezuela gane el silencio, habremos perdido la palabra todos.

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