Opinión | Políticas de Babel
Groenlandia como objetivo
El apetito de Donald Trump hacia Groenlandia no es nuevo. Y tampoco lo es el ansia expansionista de EE.UU. Ahí tenemos, por ejemplo en 1803, la compra de la extensísima Luisiana a la Francia de Napoleón Bonaparte (y que incluía lo que hoy es Arkansas, Misuri, Iowa, Oklahoma, Kansas, Nebraska, las dos Dacota(s), y parte de Montana, Wyoming y Colorado, etc.); en 1867 la adquisición al Imperio Ruso de Alaska; o en 1916, la compra de las llamadas Indias Occidentales (hoy Islas Vírgenes de EE.UU., es decir, Saint Thomas, Saint John y Saint Croix) al propio Reino de Dinamarca. El objetivo siempre ha sido el mismo: transacciones territoriales destinadas a controlar un espacio estratégico y productivo a largo plazo.
En Groenlandia, Trump ansía, además de su posición geoestratégica en las rutas marítimas entre América del Norte y Europa, y sobre todo en el Ártico (frente a la cada vez mayor presencia de barcos e infraestructuras chinas y rusas), sus recursos naturales, que incluyen, además de gas, uranio y oportunidades petrolíferas (sobre todo con el progresivo deshielo de un territorio oculto en un 80%), las deseadas tierras raras y minerales críticos. Desde zinc, hierro, plomo, grafito, o níquel, hasta oro, diamantes, cobre o carbón. Es tal el interés por la mayor isla del mundo (entendiendo a la lejana Australia como masa continental), que incluso se ha sugerido la posibilidad de anexionarla por la fuerza. Sorprende esta actitud, dado que la presencia militar estadounidense ya es una realidad en la base aérea de Pituffik (Thule), que alberga el sistema de defensa antimisiles y vigilancia temprana. Incluso la NASA ha revelado la existencia de una pequeña ciudad bajo el hielo (Camp Century), diseñada por ingenieros del Ejército de EE.UU. en 1959, en plena Guerra Fría, para probar técnicas de construcción en el Ártico, y albergar armas nucleares. Recordemos que, en 1940, EE.UU. ya ocupó Groenlandia; y desde 1951 Washington disfruta un tratado de Defensa con los daneses que le permite tener presencia militar en la isla.
Poco esfuerzo logístico le supondría a Trump controlar un territorio de apenas 56.000 habitantes que, sin embargo, en tanto que nación autónoma constituyente del Reino de Dinamarca, forma parte del entramado de la OTAN y sólo indirectamente de la UE (de la que salió en 1985) por su vínculo con la Corona danesa; por lo que un uso desmedido de la fuerza allí generaría una situación bélica tan anómala como improbable. Antes agitaría Trump un movimiento secesionista favorable a EE.UU; propondría un tratado de ‘libre asociación’, o presionaría con aranceles y sanciones de todo tipo. Marco Rubio insistirá en una oferta de compra golosa, dado lo poco que aporta Dinamarca a la isla (unos 600 ridículos millones de dólares; o, lo que es lo mismo: el 50% de su presupuesto, y el 20% de su PIB); vamos, ocho veces menos de lo que le regalará Pedro Sánchez a Cataluña (o el dinero que generarán los petroleros ya interceptados por Trump).
En todo caso, la reacción de Europa llega tarde y mal, con los seis grandes de la UE (Dinamarca, Polonia, Alemania, Francia, Italia y España), más Reino Unido, emitiendo un comunicado que no menciona a Trump, con el que desean recordar el carácter europeo de Dinamarca y Groenlandia; un territorio perteneciente a un pueblo que logró el derecho a decidir qué quiere hacer con su futuro. Tampoco en este aspecto existe una opinión homogénea entre los Veintisiete. Los vecinos de Rusia no opinarán nunca lo mismo que Alemania, Francia o España. Esta próxima semana habrá una reunión bilateral entre EE.UU. y Dinamarca. Veremos.
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