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Opinión | Buenos días y buena suerte

Profesor titular de Universidad

El asunto Mercosur

La enloquecida y salvaje política de Donald Trump, que cuenta con apoyos en nuestro país, ha acelerado el pacto económico de la Unión Europea con Mercosur, aunque aún queden pasos para su completa ratificación y un calendario no exento de dificultades. El acuerdo comercial, aprobado en principio por mayoría cualificada y con fuertes oposiciones, como la tradicional de Francia en este terreno, asegura unas cifras importantes, tanto en el movimiento económico como, al parecer, en la generación de empleo. Pero la resistencia es grande, con manifestaciones en las calles, particularmente desde el sector cárnico y ganadero, aunque no solamente.

En un momento de gran inseguridad internacional, provocado en su mayoría por la disparatada política trumpista, es comprensible que Europa active pactos como este, una idea que ya viene de lejos, y más en un territorio en el que es necesario competir con la política neocolonialista de Trump, y con su desprecio por la diplomacia y la justicia internacional. Se entiende, sí, que Europa se vuelque con los pactos latinoamericanos, más factibles que con África y con Asia, y que, con total derecho, compita con los Estados Unidos.

Europa tiene que velar por sí misma, y no sólo en el terreno económico, sino que tendrá que hacerlo también en el estratégico, y particularmente en materia de defensa. Los tiempos obligan y con estos bueyes tenemos que arar. Nadie pone en duda la superioridad militar de Estados Unidos, que ahora se vuelve contra sus socios. Es lógico, por tanto, buscar una alternativa, sobre todo ante la esquizofrenia de la política arancelaria de Trump, e incluso me atrevo a afirmar que es la primera vez en meses que Europa pone en marcha una acción conjunta (aunque no unánime) sin medias tintas y sin la habitual falta de determinación. Bien en ese sentido. Pero, con todo, no parece que el pacto lo vaya a tener fácil en su viaje institucional. Y surgen dudas sobre las salvaguardas que se anuncian, criticadas por estados miembros y por sindicatos del campo como “un mero maquillaje”. Una de las bondades de Europa ha estado siempre en la estricta regulación alimentaria y en la protección de la salud. ¿Esto va a continuar siendo así?

No han faltado en los últimos años críticas, justificadas o no, por la entrada masiva de producto extracomunitario, incluido el etiquetado, aunque la normativa sigue siendo clara en este sentido (cuenta, eso sí, con algunas excepciones). Puede que 720 millones de consumidores expliquen bien este acuerdo que, como digo, viene provocado por las terribles políticas de Trump. Pero, sin duda, lo relevante estará en la letra pequeña. Hay que leerla.

No es oro todo lo que reluce, porque aranceles como el del aceite de oliva, con dirección a los países de Mercosur, tardarán quince años en desaparecer (algo que no sucederá en sentido contrario). Algunas organizaciones, sobre todo en el sector cárnico, han señalado que “entrará producto de peor calidad”, y se habla de un riesgo potencial para los consumidores si no se mantienen controles estrictos en materia de antibióticos y otros medicamentos para animales, o, en general, en materia de pesticidas. La protección del producto de cercanías o de kilómetro cero empieza a ser más difícil. Mercosur habla bien de una Europa abierta que intenta superar las aberraciones provocadas por Trump. De acuerdo. Pero será un mal negocio si se termina maquillando el control de calidad y empobreciendo al productor local, que no se mueve en las grandes cifras que suelen amar los dirigentes.

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