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Opinión | Con sentido común

Notario jubilado

Consumismo frenético

Sócrates, cuando visitaba el mercado de Atenas, veía con asombro la gran variedad de objetos a la venta y decía: «¡¡Cuántas cosas hay que no necesito!!» .

Veinticinco siglos después, el filósofo Zygmunt Bauman afirmaba que “Hay muchas formas de ser feliz, pero en la sociedad actual todas pasan por una tienda”. 

Vivimos creyendo poder alcanzar la plenitud con la acumulación de cosas, algo parecido a pretender saciar la sed bebiendo agua del mar.

Una gran parte de la frenética actividad del período festivo reciente, consistió en ver escaparates; buscar en los comercios lo soñado; pasear cargados de bolsas por las calles y, si es posible, enseñar a alguien lo que hemos comprado; depositar los regalos bajo el Árbol de Navidad y preparar el teléfono para inmortalizar la felicidad de los destinatarios, o su cara de frustración, porque ni lo necesitan ni le interesan, por ser discípulos de Sócrates.

Finalmente, los contenedores de basura recogen los vestigios de ese fugaz placer, basado en el consumo como objetivo, un proceso que se autoalimenta y raramente permite que nos sintamos plenamente satisfechos.

La economía está basada en un consumo creciente y en permanente renovación, porque los bienes se diseñan para durar el tiempo previamente programado y las modas generan constantes y nuevos deseos.

El consumo refleja la identidad del comprador, “quién soy”, en función de lo que adquirimos: ropa, música, ocio, costumbres, apariencia, …

La publicidad, las redes sociales y los rastros que dejamos en ellas cuando buscamos algo, son la causa de que el deseo de comprar no nazca de una necesidad, sino de la estimulación.

El deseo de consumir es, además, una actividad urgente, perentoria: la inmediatez ha ganado la batalla; tiene que ser hoy y ahora.

Los ecologistas, muchos también consumistas, saben que esos hábitos generan sobreexplotación de recursos, más residuos no biodegradables, contaminación y consumo ingente de energía.

La generalizada emulación, incluso en grupos sociales con bajo poder adquisitivo, provoca un uso irracional de las tarjetas de crédito y hasta endeudamiento.

Perseguimos la libertad como bien supremo y, al no controlar nuestros deseos, somos menos libres que quienes no tienen nada.

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