Opinión | Buenos días y buena suerte
Trump, entre el miedo y la risa
Donald Trump da mucho miedo, pero sus tontadas nos hacen reír. Es, sobre todo, un material muy útil en las redes, donde unos segundos sirven de compensación a los sinsabores del día, o, también es cierto, desatan un oleaje feroz de odio e insultos que sirve de peligroso alimento para muchos. Trump no sólo ha aceptado su función como gran meme contemporáneo, sino que parece complacerse con ello: a fin de cuentas, significa más protagonismo.
Este tipo de personas se afana en seguir aquella frase, sea de Oscar Wilde o no (no me voy a levantar ahora a mirarlo): “que hablen de nosotros, aunque sea bien”. Cierta o no, hay personas que parecen congratularse de que hablen mal de ellas, a poder ser. Y si hablan bien, pues habrá que soportarlo. El caso es estar en el candelero, o, como decía la otra, en el candelabro. Trump ama estar en el candelabro. Encaramado a él. Balanceándose sobre la mesa de los tratados. Ha expandido lo grotesco de su personaje todo lo que ha podido, aprovechando que en el mundo de hoy una imagen o un baile vale más que un discurso. Mientras él baila torpemente en el estrado, supongo que descojonándose de nosotros los de abajo y distrayendo la atención, sus acólitos (nada anónimos) forman piña unos metros atrás, ofreciendo una mueca más propia de una película de terror psicológico. Fíjense y lo verán.
Trump puede ser terrible, pero ejerce al tiempo de comediante. Le puede el show. Y necesita la reacción del público, ese miedo en nuestras caras antes de la próxima ocurrencia. No bien secuestró a Maduro (al parecer para dejarlo todo en Venezuela prácticamente igual), ya estaba amenazando a Cuba, a México, y, su favorita, a Groenlandia. ¿Por qué digo su favorita? No sólo porque es la que más desea (grande y helada: una invasión ‘on the rocks’, un capricho que él cree que se puede permitir), sino porque adora ver ese rostro alterado de los europeos, tan amantes de la razón y la cultura, tan insultantemente cargados de historia, asustados como conejos en una carretera de invierno, ante las decisiones del nuevo emperador. Estoy convencido de que es el placer de ver el temor en los ojos de las elites europeas lo que mueve a Trump. Ante las manifestaciones que durante semanas han levantado pancartas con la frase ‘No Kings’, el magnate no deja de actuar con maneras de emperador que reclama para sí títulos y honores.
La técnica acumulativa del discurso, que inventó Bannon (‘flood the zone’), que consiste en apabullar al contrario sin que pueda responder (usando material real o averiado, eso poco importa) se ha expandido entre los partidos populistas, sobre todo la ultraderecha global que Trump bendice, pero el norteamericano ha ido más lejos: la acumulación es ahora de amenazas, de actos de fuerza, al mismo tiempo y en todas partes. El resultado ha sido poner el mundo patas arriba, algo que sin duda le renta, como dicen ahora Sánchez y Feijóo en sus discursos, intentando comulgar con esa jerga adolescente.
Cabe la posibilidad de que Trump acabe destrozando su propio juguete. El que mucho abarca, poco aprieta, etc. Pero supongo que es muy tentador ser el rey del mundo. De momento, las sombras se ciernen sobre sus acciones, pues la promesa de acabar con dictaduras no parece tener lugar. ¿Podrán más los acuerdos en la rebotica? Están pasando cosas terribles (como en Irán), pero es difícil presentarse como adalid de la libertad si tienes como asesor a Stephen Miller o si las calles de tu propio país protestan por el gatillo fácil.
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