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Opinión | Buenos días y buena suerte

Profesor titular de Universidad

Groenlandia, un análisis frío

“Por las buenas o por las malas, Groenlandia será norteamericana”, vino a decir Donald Trump. Es la afirmación propia de un matón, claro, pero de un matón con el ejército más poderoso del mundo. Llevamos demasiado tiempo con una guerra en el corazón de Europa, la guerra en Ucrania, una herida que continúa sangrando y que parece haberse enquistado, entre la solidaridad con el pueblo ucranio y los planes de Trump para la zona, inadmisibles para Zelensky. Pero quizás nunca como ahora se ha planteado la necesidad de actuar conjuntamente en defensa de uno de nuestros estados miembros, amenazado, además, por nuestro gran aliado tradicional y líder militar de la OTAN. La situación no puede ser más esquizofrénica. Ni más surrealista.

Trump es capaz de provocar situaciones así, lo sabemos, lo estamos viendo, pero el caso de Groenlandia, que ha sido objeto de deseo de algunos presidentes norteamericanos en el pasado (Trump suele citar a Truman), es particularmente rocambolesco y habla de ese mundo que dibuja Stephen Miller, el hombre que susurra a Trump cómo llevar a término cambios históricos por la fuerza. La fuerza, ha dicho Miller, mueve el mundo de hoy.

He visto el temor en las palabras de los políticos que han acudido a la cita con los segundos de Trump, Vance y Rubio, verdaderos halcones en política internacional. Lars Lokke ha mostrado su dignidad, pero también un miedo comprensible. Un caso de David contra Goliat, leo en los papeles, aunque tampoco tanto: Dinamarca tendería que ser defendida por la OTAN, y ya hay tropas recién llegadas a Groenlandia (pronto desde diversos países), por más que sean simbólicas. En realidad, aunque Groenlandia es infinitamente más antigua que los Estados Unidos (al menos, desde las expediciones y asentamientos de Erik el Rojo), la presencia de los USA allí ha sido grande, con varias bases que ahora se han reducido a una, la base más septentrional.

Estados Unidos siempre ha considerado a esta gigantesca isla helada un enclave crucial de la geopolítica, la ha incorporado de facto a su sistema defensivo y militar, en mayor o menor medida, pero ese interés ahora es mucho mayor, y va más allá de las habituales cuestiones estratégicas, aunque la supuesta presencia de Rusia y China en sus aguas siga siendo el gran pretexto para adelantarse y hacerse con la isla. Trump explica esto con la suficiencia del rico que puede comprar todo lo que desea, y, si no, tomarlo simplemente por la fuerza. Parece un acto imperialista, un acto de rapiña.

Nadie puede poner en duda la codicia de la nueva administración Trump y sus deseos expansionistas, en un intento de redibujar el mapa de las áreas de influencia global. Pero, a pesar de eso, esta crisis de Groenlandia, tan deseada por sus minerales y sus aguas, pero más aún por ser paso para las nuevas rutas comerciales del norte, y un enclave estratégico singular (lo fue siempre, desde Canada a los países nórdicos, y así ha sido desde hace siglos), supone, sin embargo, una gran oportunidad para el futuro inmediato de Europa.

Groenlandia puede unir mucho más a Europa en una tarea cargada de dignidad. Y de razón. Europa también necesita a Groenlandia. Si Trump actúa como potencia imperialista, contra la opinión de los habitantes de la isla, destruirá la OTAN, pondrá en peligro la continuación de sus bases militares en varios países y reforzará a esa Europa que pretende humillar. David French, en un magnífico artículo publicado ayer en el ‘New York Times’, explica que “Trump está a punto de cometer un error catastrófico”.

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