Opinión | Políticas de Babel
Delcy y María Corina frente a Trump
El encuentro entre María Corina Machado y Donald Trump no ha dejado a nadie indiferente. A los que denostaron desde el principio su figura como lideresa de una oposición legítima al régimen bolivariano de Venezuela, ya los conocemos. Hablamos de las principales fuerzas de la izquierda más radical y populista, y de la cúpula política y gubernamental que se nutre de la cornucopia del poder económico, judicial, ejecutivo y legislativo de Gobiernos como el cubano, el nicaragüense, el iraní, el chino, o el ruso; incluso en gran medida también, aunque de forma más disimulada, del colombiano, el mexicano, el brasileño, o el español. Ellos constituyen los aliados estratégicos, ideológicos y políticos de un sistema chavista que hoy trata de redefinirse para frenar la ira de la Administración Trump.
Por otro lado, están aquellos que, aun reconociendo la legitimidad de María Corina, le exigen una postura más seria y firme frente a Trump y al resto de la Comunidad Internacional. Si bien es cierto que María Corina debe saber ganarse el “respeto” de la oposición dentro y fuera de Venezuela (ése que el neoyorquino dice que no disfruta), también lo es que su postura no es fácil, sobre todo teniendo en cuenta la actitud convenenciera y favorable hacia Delcy Rodríguez que aparenta estar mostrando el presidente estadounidense; un Donald Trump que, por otro lado, es consciente de, al menos, dos realidades incuestionables. En primer lugar, que es más fácil hacerse con el control de Nicolás Maduro y de los recursos petrolíferos de Venezuela a través de Delcy Rodríguez (e incluso de su hermano Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional), que por medio de Diosdado Cabello, ministro de Relaciones Interiores. En segundo lugar, que, dado el control del régimen sobre todos los resortes y estamentos del Estado (administrativo, judicial, electoral y legislativo), forzar una transición brusca en Venezuela generaría una reacción del Ejército y la policía chavista sobre la sociedad mucho más represiva y violenta de lo calculado por algunos.
Y es que promover por la fuerza unas elecciones verdaderamente libres y democráticas en estos momentos resultaría irrealizable desde el momento en que ni la oposición ni los agentes de control y verificación extranjeros que se pudiesen desplazar al país caribeño tendrían capacidad alguna para controlar el sistema de votos, las urnas, el proceso electoral, los 15.797 centros de votación, o el propio Consejo Nacional Electoral de Venezuela. A esto habría que añadir el control de los diputados de la Asamblea Nacional; y, acto seguido, incluso la elección de los 24 gobernadores de los diferentes Estados federales, más los cientos de legisladores de los consejos legislativos estatales que tendrían que salir de unas consecutivas elecciones regionales.
Quizá por eso Trump prefiere seguir una línea más pausada y astuta, como la que seguro que le recomienda su asesor y enviado especial Richard Grenell (quien lleva tiempo negociando en plan ‘poli bueno’ con los hermanos Rodríguez), antes que la vía más vehemente que le sugiere Marco Rubio; quien apuesta por una transición rápida bajo la figura de María Corina Machado, sabedor de que el apoyo de la comunidad hispana en EE.UU., y su propia candidatura presidencial en 2028, están en juego. Aun así, creo que se equivocan el secretario de Estado y María Corina, pues entregarle el Nobel de la Paz a Trump denota debilidad, ofende al Instituto Nobel, y degrada la imagen de una dama opositora que debe saber reivindicar su figura y sus postulados para Venezuela de una manera más sólida y decidida.
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