Opinión | Fe de errores
Galdós y el Maura orador
Ambos aparecen, y no para bien, en Luces de bohemia cuando los “Epígonos del Parnaso Modernista”, Dorio de Gádex al frente, proclaman a Max Estrella como indiscutible académico. La silla vacante era entonces, precisamente, la de “don Benito el Garbancero”, injusto apodo del novelista fallecido en 1920. Pero en la RAE se ninguneaba al autoproclamado “primer poeta de España”, y el responsable mayor de tamaña injusticia era quien, a la sazón, fungía como su director, y lo sería hasta su muerte hace ahora cien años. “Muera Maura”, también calificado como “el Gran Fariseo”, es el grito compartido por los jóvenes modernistas con Max Estrella: “¡Yo soy el verdadero inmortal, y no esos cabrones del cotarro académico!”.
Ambos, el escritor canario y el político mallorquín coincidieron en el Congreso y en los veranos santanderinos, y mantuvieron una amistosa correspondencia recopilada por Marcos Guimerá Peraza. Maura fue el abogado de Galdós en el pleito acerca de sus derechos de autor, y pronunció su panegírico póstumo en la Academia, en la que había ingresado en 1903 disertando sobre la Oratoria.
Sus primeras intervenciones desde el escaño le habían granjeado el reconocimiento de sus cualidades tribunicias, que Galdós, entonces diputado liberal por Puerto Rico, ponderaba valorándolo como “uno de los oradores más brillantes de la Cámara actual (...) uno de los jóvenes de porvenir más brillante y seguro en la política española”. Profecía que se cumplirá; Azorín lo calificará en sus Memorias inmemoriables de “orador perfecto”, y en sus Acotaciones de un oyente Wenceslao Fernández Flórez afirmará que “nadie como él tiene en el Parlamento español un dominio del ademán y del gesto”.
La personalidad de Maura estuvo marcada por el ejercicio de la abogacía y de la política. Esta última hizo de él un hombre de Estado. Nada extraño, pues, que su discurso de ingreso fuese fruto de estas dos experiencias. En sus propias palabras, la Oratoria “no reside en lo que se piensa, ni en lo que se dice, ni en las imágenes y primores del estilo, ni en la feliz y grata elocución, sino que consiste en el efusivo contacto de muchas almas hermanas (...) ansiosas siempre de una misma luz, que nombramos verdad, bien, belleza o amor”. La transmisión de la Verdad al auditorio dependía tanto de la integridad del que peroraba como de su credibilidad.
Según Maura, los ciudadanos eran muy sensibles a “todo desacuerdo entre lo que se oye y lo que del orador se sabe y se recuerda”, y serían “implacables contra la disonancia entre las voces y los hechos”. Y este planteamiento se me figura relacionable con un tema de máxima actualidad hoy en día cual es el de la posverdad en política. Cuando los líderes y voceros de los partidos se zahieren con la acusación de la mentira. Es aquí inexcusable una consideración moral que la posverdad posmoderna desdeña, como también lo hacía ya Maquiavelo. No así, por el contrario, el maestro de Oratoria y Retórica Quintiliano para quien el orador, y a la vez vir bonus, profesaba un profundo respeto a la Verdad.
Por otra parte, en la práctica tanto forense como parlamentaria de Maura se confirma la consolidación de una nueva oratoria muy diferente de la que venía predominando entre nosotros en las Cortes y otros foros de la esfera pública.
Los discursos de Antonio Cánovas del Castillo no dejaban de ser criticados en la prensa liberal por su verbosidad, lo laberíntico y prolijo de sus parrafadas. Otro tanto cabe decir de dos presidentes de la República, Emilio Castelar y Niceto Alcalá Zamora. Del primero de ellos ha pasado al imaginario colectivo de los españoles su pomposa exclamación o ecfonesis retórica “Grande es Dios en el Sinaí” con la que replicaba en las Cortes Constituyentes de 1869 al carlista Vicente Marterola.
A este respecto, Maura contrapone una “nueva oratoria” según el calificativo de Francisco Silvela, con una tradición ya sólidamente asentada en la primera democracia moderna, nacida en el último tercio del siglo XVIII a las luces de la Ilustración.
Me refiero, claro está, a la “Nueva Nación Democrática” que Walt Whitman supo cantar en Leaves of Grass. Y una de las singularidades del nuevo mundo es la pervivencia en él, hasta cierto punto asombrosa, del poder de la palabra. El contraste puede parecer extremo, pero lo cierto es que en Norteamérica, junto al florecimiento de todos los recursos de la tecnología se da la evidencia incontestable de la fuerza imperecedera del verbo. Ese énfasis retórico acompaña la Democracia americana desde los padres fundadores hasta, por caso, Barak Obama, y tuvo una primera gran figura representativa en Abraham Lincoln
El propio Pérez Galdós, que fue en su juventud cronista parlamentario, nos dejó testimonios de cómo se producían nuestros oradores en tiempos convulsos de la política nacional, resumibles en esta sentencia: “Era un juego pueril, que causaría risa si no nos moviese a grandísima pena”.
Podríamos preguntarnos cuál sería el comentario de ambos hoy, cuando algunos de nuestros representantes repiten una y otra vez frases (más que ideas) tomadas directamente de los argumentarios que sus partidos les han pasado. Y siempre se acusan recíproca y reiteradamente de embusteros o, incluso, de sicofantes. Pero no menos oportuno sería recordar la implicación de Maura en una de las orientaciones más apreciables de la Restauración: el consenso en lo tocante a los asuntos fundamentales y la consideración de los opositores como meros adversarios, no como enemigos. Talante que demostró cuando en 1886 hubo de enfrentarse desde la bancada liberal con el republicano Gumersindo de Azcárate calificándolo de “mi esclarecido maestro ayer, mi adversario hoy, mi entrañable amigo siempre”.
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