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Opinión | Buenos días y buena suerte

Profesor titular de Universidad

Humillar, esa es la cuestión

Los que humillan suelen estar afectados por un síndrome de enfermiza superioridad, o revelan, quizás, algunas inseguridades y fragilidades en su personalidad. Pero se trata de una característica habitual de los matones. Humillar es marcar territorio, aunque sea estúpidamente, es querer demostrar que eres más o mejor que otro, aunque sabes que, en realidad, no lo eres, y ese trauma te corroe, y te hace vengativo y te convierte en alguien injusto. La humillación dice mucho del que humilla, pero también dice del que se deja humillar. Y eso lo hemos visto esta semana con María Corina Machado.

Convendrán conmigo que la escena en la que Trump recibe la famosa y baqueteada medalla del Nobel de Corina, enmarcada y todo (ah, la importancia de la decoración), es literalmente patética. Patética por parte de ambos, claro, pero más por parte del magnate que, prácticamente, la obtuvo con exigencias y quejas infantiles, como quien quiere tener un trofeo más en las vitrinas, aunque sea comprando voluntades, o ni siquiera (no lo ha necesitado). Él que ha terminado ocho guerras, o diez, no se sabe bien, exige tener el trofeo, y no esta “mujer simpática”, según sus palabras, de la que usted me habla. No perdonó a Corina que obtuviera el Nobel de la Paz, y eso que basta una mirada a muchos de los agraciados con el premio históricamente para tener serias dudas sobre las decisiones de ese jurado.

La humillación suele venir de gente con poder con cierto síndrome del impostor. Es probable que eso es lo que le sucede a Trump, que, a pesar de funcionar como Donald de los Delirios, como le llamaba ayer Maureen Dowd en su columna del New York Times, sabe muy bien, en el fondo de su conciencia, que está en una posición que le supera con creces cada día. Ese síndrome del impostor, pienso yo, le hace aún más peligroso y vengativo. Cualquier matón sabe que es mucho menos que cualquiera de aquellos a los que acosa, pero la técnica es quitarles el relato, la voz, y, claro, la dignidad.

Puedo entender que Corina Machado, dadas las circunstancias, se vea obligada a no contrariar al emperador. Mejor por las buenas, le habrán dicho, aunque quizás eche pestes sobre el individuo en la intimidad. Pero no me parece que Trump sienta mucho respeto por los que se humillan ante él, o por los débiles. Aquí, se mueve en la línea clásica de los viejos imperios.

Esta penosa genuflexión ante la medallitis del magnate se parece demasiado a la meliflua postura de Europa, al menos hasta ahora, en particular la de Von der Leyen, aunque sin llegar a los extremos de servilismo pelotero de Rutte. Eso sí: ninguno le dirá jamás al emperador que va completamente desnudo.

Lo que sucede es que Trump, como corresponde habitualmente al modus operandi de esta ralea de matones, no siente ninguna piedad por los que se dejan humillar. Se cebará aún más en ellos. Volverá a decir aquello de que todos desean besar su culo. Humilla a Corina (que se presta a ello, al parecer a cambio de nada) e intenta humillar a Europa, como siempre ha dicho Borrell, de los pocos lúcidos que nos quedan. Groenlandia es otra medalla, otro juguete, otro intento de llevarse recursos por la fuerza, pero algo mucho más placentero para Trump, porque supone despreciar a una Europa que, incluso sin saberlo, probablemente envidia. Los que humillan suelen ser tan inútiles como envidiosos. De paso, el Nobel de la Paz es arrastrado por el barro, entregado como prenda feudal. Es vasallaje y es un espantoso ridículo: no comprendo cómo los norteamericanos pueden soportar esta vergüenza.

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