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Opinión | Políticas de Babel

Profesor universitario

Movimiento definitivo en Irán

El régimen iraní desea mantenerse en el poder; pero va perdiendo el control. Ya no tiene ni el respeto ni la preeminencia que disfrutaba en la región hasta hace poco. Aun así, la redistribución desigual de los recursos y la riqueza le permite mantenerse con la ayuda de la policía y los militares, que son quienes llevan tratando de anular a la oposición cuatro décadas. Por eso el Gobierno sabe cómo enfrentarse a unas revueltas cada vez más frecuentes y numerosas. Pese a ello, la extensión geográfica de las protestas (en hasta 180 ciudades de 31 provincias) dificulta el control del régimen. De ahí el corte de las telecomunicaciones.

La desorganizada oposición se ve favorecida por una reacción transversal en lo social y generacional. Transportistas, docentes, universitarios, mayores y jóvenes sin ocultar el rostro, niños y mujeres (las más valientes del mundo pese al sometimiento); incluso los comerciantes, desde el propio Gran Bazar de Teherán, corazón comercial y financiero del país (y habitualmente a favor del poder político), se han unido a las manifestaciones. Pero la policía y el Líder Supremo los denomina “enemigos de Dios”, los amenaza con la pena de muerte, y les dispara a la cabeza y al corazón si es necesario. De ahí los miles de muertos, heridos y desaparecidos que ahora el Gobierno dice no reconocer para frenar a Trump.

Frente a ello, el Gobierno organiza contramanifestaciones. El Líder Supremo Alí Jamenei amenaza a los cabecillas de las revueltas con severas sanciones; y el presidente Masoud Pezeshkian acusa a EE.UU. e Israel de “sembrar el caos y el desorden” a través de “terroristas extranjeros”. Pero la devaluación del ‘rial’, la inflación desbordada, los apagones diarios, la crisis del agua, y la imposibilidad de acceder a la carne, el arroz o las medicinas, junto a la falta de libertad y a la corrupción sistémica, han colmado el vaso. Imposible afrontar el colapso adquisitivo con apenas unos 200 euros al mes.

Es difícil vislumbrar cómo será el futuro, o qué papel asumirá Reza Pahlaví, príncipe heredero de Irán. Quizá sólo sea una figura de transición mientras los hasta doce grupos étnicos principales, y la dividida oposición, logren organizarse. No sé qué le habrán aconsejado a Trump Marco Rubio, Pete Hegseth y el jefe del mando conjunto del Ejército. Imagino que le habrán advertido del desgaste económico y militar que supone intervenir en un país tan grande como la República Islámica. Quizá agitar las calles y promover ciberataques pueda ser una opción. O continuar con embestidas puntuales contra infraestructuras sensibles. También podrían plantearse eliminar al jefe del Estado. O aumentar la presión económica favoreciendo el levantamiento popular.

Cualquier opción sería mejor que bregar con unas Fuerzas Armadas de casi un millón de efectivos, incluidos los reservistas. Es cierto que la ayuda de Irán a Rusia en la guerra de Ucrania, junto al soporte a Hamás, a los hutíes de Yemen, a las milicias chiitas de Irak y a las fuerzas de Hezbolá en el Líbano, han debilitado su capacidad de respuesta incluso balística. Pero ya vemos cómo miles de milicianos iraquíes están entrando en el país para ayudar al régimen. Tras la operación “martillo de medianoche”, lanzada por EE.UU. en junio, Irán atacó levemente las bases estadounidenses en Qatar, Irak, Kuwait y Bahréin. Por eso Qatar pide calma. Y hasta Arabia Saudí, más dócil con Irán desde 2023, trata de aliviar la tensión. También Emiratos Árabes Unidos, por las conexiones entre el puerto de Dubái e Irán, claro. Y hasta Rusia se ofrece como mediadora ante Israel y EE.UU. Veremos.

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