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Opinión | Políticas de Babel

Profesor universitario

El apetito sobre Groenlandia

El encuentro entre el secretario de Estado Marco Rubio, el vicepresidente J.D. Vance, y los ministros de Exteriores de Dinamarca Lars Lokke Rasmussen y de Groenlandia Vivian Motzfeldt, apenas duró unos 50 minutos; pero el abanico de posibilidades de actuación estadounidense sobre la isla ártica sigue en la mente de todos: desde la anexión; la regulación de la presencia en la isla de Rusia y China; o un acuerdo de asociación empresarial y comercial; hasta un convenio para aumentar las bases militares de EE.UU. en la isla (ahora sólo tiene una, la de Pituffik, Thule, con apenas 200 soldados); o un Estado libre asociado, etc. También se baraja, desde una mayor presión económica y arancelaria; una improbable intervención militar; o una oferta de compra por unos 700.000 millones de dólares; hasta el pago de unos 100.000 dólares a cada uno de los 57.000 groenlandeses por su lealtad a EE.UU.; o el fomento del sentimiento independentista (recordemos que el estatus de Groenlandia contempla su derecho a la autodeterminación, y que el 90% de sus parlamentarios y votantes son independentistas).

Al final, los responsables de Exteriores de Dinamarca y Groenlandia reconocen que sólo se acordó seguir trabajando con la OTAN en la Seguridad de Groenlandia, y crear un grupo de trabajo de alto nivel para hacer frente en las próximas semanas a las preocupaciones y propuestas de EE.UU. Es decir; todos apuestan por la diplomacia, pero reconocen que Trump insiste en hacerse con la isla, pues sabe bien el neoyorquino que ningún otro país mantiene un control tan amplio sobre el Ártico como Rusia. Un reciente estudio demuestra que posee cerca del 60% de las costas árticas, y que domina la región en términos tanto de presencia militar como de armamento sofisticado (misiles, submarinos, etc.). El propio Alexus Gregory Grynkewich, comandante supremo de la OTAN en Europa, señaló la pasada semana en la Conferencia de Seguridad Nacional de Suecia, que China y Rusia estaban intensificando su presencia en el Ártico con la intención de averiguar cómo contrarrestar las capacidades de las fuerzas aliadas en la región ártica y cerca de Alaska, incluso a través de maniobras militares discretas y conjuntas.

Tan esencial resulta para la Federación de Rusia el Ártico, que incluso parece probado que Putin pactó con Trump en sus encuentros de Riad y Alaska la participación de las empresas estadounidenses en la explotación y la perforación del Ártico ruso. No olvidemos que el petróleo ruso mana sobre todo de ahí. A cambio, el propio Putin habría dado el visto bueno a las acciones de Trump sobre Groenlandia. Esto lo saben, en Norteamérica, Canadá (también interesada en Groenlandia y en el Ártico); y en Europa, Finlandia, Suecia y, sobre todo, Noruega, el gran petroestado europeo. De ahí que sólo algunos socios de la UE se hayan unido a esa “Operación Resistencia Ártica” destinada al “reconocimiento y la vigilancia” del territorio groenlandés.

Además, el control de Groenlandia abre nuevas rutas, incluso más allá de entre América del Norte y Europa, para unos EE.UU. que sufren desde hace tiempo la inestabilidad del canal de Suez, y una mayor presencia de China en el de Panamá (de ahí su obsesión por hacerse con él también). Recordemos que China tiene buena parte del monopolio del tráfico marítimo mundial. Además, la República Popular ya dispone de buques capaces de navegar rompiendo el hielo. Y el octubre pasado incluso logró completar por primera vez la ruta ártica por el este, bordeando la costa rusa y noruega hasta Reino Unido. Y eso seguro que no le hizo ninguna gracia a Trump.

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