Opinión | BUENOS DÍAS Y BUENA SUERTE
Un horror inabarcable
Quizás porque el accidente ferroviario de Angrois no sucedió muy lejos del lugar en el que vivo, quizás porque alguno de los fallecidos entonces era, si no conocido, próximo profesionalmente, quizás porque algunos amigos, incluso familiares, se salvaron aquel día milagrosamente (bueno, afortunadamente) de una muerte más que segura, el accidente de la otra tarde en Adamuz me noqueó por completo, me dejó sin palabras y sin ánimos.
Porque en este accidente terrible, como en aquel otro aquí, a las puertas de Compostela, se reflejaba de nuevo ese contraste imposible de resolver entre el progreso y la tragedia, esa lucha entre la precisión de la tecnología y el extraño momento del azar que nos devuelve a la fragilidad de la existencia.
Más allá de las razones, de los peritajes en marcha, más allá de la búsqueda comprensible de una explicación, por pequeña que sea, queda esa sensación de que el infortunio a veces se apodera de nosotros como un animal salvaje, y no hay manera de librarse de sus fauces: por más que estemos a lomos de máquinas extraordinarias, por más que vivamos en tiempos en los que los transportes han cambiado nuestra vida diaria hasta extremos inimaginables.
Me ha venido a la memoria el miedo cerval de la gente que veía pasar los primeros trenes de la Revolución Industrial, hasta el punto de que superar los 45 kilómetros por hora se veía entonces como muy peligroso para la estabilidad del cuerpo, e incluso dañino, según Freud, para el equilibrio mental. El ferrocarril lo cambió todo: fue el motor de un nuevo tiempo. Y España es hoy uno de los países líderes en alta velocidad. En días terribles como este, se escucha que el progreso tiene estas cosas, que una tragedia siempre es posible, que la seguridad absoluta y total en verdad no existe.
Pero cuesta aceptarlo: ¿quién puede consolarse con eso? Porque el tren se ha convertido hace tiempo en un medio extraordinariamente seguro, a pesar de estas grandes velocidades, y porque es uno de los transportes más populares. Yo, que suelo protestar cada vez que me toca coger un avión, siempre me he sentido protegido en los trenes, aunque intento no mirar hacia las pantallitas en las que se registra la velocidad. El tren es un transporte socialmente transversal, cotidiano como el comer, por eso una tragedia como la sucedida en Adamuz nos golpea aún más, como nos golpea un accidente aéreo: por inusual, porque tenemos integrada la normalidad y la sencillez de un viaje en tren, porque nadie imagina que la muerte puede estar cerca de nosotros mientras pasa el paisaje dulcemente, dormitamos o hablamos de la vida.
Hallar tanta muerte ahí, en esa normalidad de un viaje en tren, en ese hecho tan consuetudinario, nos desarma. No he podido dejar de acordarme de Angrois, aquí al lado, pero en la historia siempre quedan impresos momentos en los que la normalidad se rompió, en los que, por mala fortuna, por un factor humano, o por una avería mecánica, todo se torció irremediablemente.
Una cosa es la historia, los titulares, el directo de las televisiones. Y otra la mirada íntima del dolor, la incertidumbre de no saber si los tuyos sobrevivieron, si la mala fortuna fue sorteada en el último instante. Y está el dolor de pensarte en circunstancias parecidas, de imaginarte en esa oscuridad del corazón. De imaginar a gente como tú, usuarios, dicen, esa palabra demasiado administrativa, gente que se alejó unos kilómetros por trabajo, o placer, o necesidad, y ya no volverá para contarlo. Es un horror inabarcable.
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