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Opinión | Firma invitada

Profesor emérito de la USC

Ciencia y Humanismo

En estos tiempos, es frecuente expresar temores hacia la Ciencia, así como expresar su poder para someter y alinear del hombre. De hecho la Ciencia puede llevar a varios peligros. Hay tres fundamentales. Uno es el de dominación, es decir, el impulso por controlar y poseer la naturaleza. Somos los dueños y por ello hacemos lo que queremos, es una posición usual mantenida por países y personas. El segundo es considerar todo bajo el prisma de posibilidad de fuente de recursos. Todo importa, incluido el hombre, en tanto en cuanto es fuente de producción. Se considera a todo como una reserva para la explotación. Un tercer peligro es la fragmentación de la realidad. La racionalidad y la especialización esta produciendo especialistas sin espíritu, que reducen todo a piezas de su especialidad, que frecuentemente oscurecen visiones amplias y horizontes que permiten ver a la realidad en toda su profundidad. Estos peligros hacen que muchas las voces que piden un mayor humanismo en el Mundo. Algunos aprovechan interesadamente esta situación para pedir un aumento en la enseñanza de las materias de ‘letras’ cuando estas mismas frecuentemente miran a la realidad sin ver más allá de sus propios y limitados ojos.

Sin embargo, hay otra cara de la moneda de la Ciencia, que se revela conectada a un humanismo profundo. De hecho la mayoría de los científicos experimentan una especie de encantamiento que nada tiene que ver ni con dominación, ni explotación ni fragmentación. Los psicólogos han extraído de la vida y el quehacer de los científico, facetas que se encuadran en lo que llaman ‘inteligencia espiritual’ expresando la capacidad de reconocer el significado y valor intrínseco de las cosas. Esa capacidad se explicita en algunas actitudes.

Una de ellas es el respeto a lo que se esta investigando. Respetar es ‘ver a cierta distancia’. Es dirigir una atención que no busca apropiarse de aquello que descubre, sino que busca darle vida, ponerlo de manifiesto. En la Ciencia se da algo tan humano como la posibilidad de sorprenderse, de extrañarse, de cuestionarse sus planteamientos, de dudar. En grandes descubrimientos y avances científicos estos han aparecido no tras una planificación detallada sino por mantener la atención abierta a lo que la naturaleza nos pueda ‘revelar’.

C.N.Yang, premio Nobel de Física, en una de sus visitas a Compostela en 1995, decía: A mí me fascinan las simples y bellas reglas que rigen nuestro Universo, su belleza es increíble. No es fácil expresarlo en palabras. La inmensidad de esa belleza me da una sensación de respeto. Me pregunto como se pudo crear una estructura tan magnífica. Me da una sensación profunda religiosa, en el sentido más intenso de la palabra. Cuanto más comprendemos, más se profundiza el misterio, en vez de aclararse.

En la Ciencia es imprescindible el análisis y la especialización, sin embargo, también es imprescindible tener la conciencia de que lo que estudiamos es una parte conectada a un todo, que es lo que da el sentimiento de conocimiento y también el de unidad, permitiendo ver la realidad de lo investigado en toda su profundidad. La conformidad de las partes con el todo es la definición clásica de la belleza. Esa belleza y unidad son buscadas por la Ciencia.

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