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Opinión | Buenos días y buena suerte

Profesor titular de Universidad

Trump, el hombre de las nieves

Sólo me hice un propósito importante a comienzos de año: quitarme de Trump, ponerme a dieta de él y de su lenguaje. Esto ya lo intenté hace unos meses, e incluso lo conté aquí. Trabajo inútil. Trump no se va ni con agua caliente. Es pegajoso dialécticamente. Se derrite como en la infancia se derretía un helado sobre la chapa de un Simca 1000. Trump nos pringa, tíos. Te parasita verbalmente. Te come la neurona. Aquí, alguien cercano lo imita muy bien: no me lo pierdo nunca. El original no tiene ni la mitad de gracia.

Llegó a Davos entre la nieve, que es ahora su paisaje natural. Tras Venezuela, Trump se especializa en el hielo (y no sólo por el despliegue de los ICE, ese horror que surca su propio país: ese frío del corazón). Política ‘on the rocks’. Llegó a Davos, donde todo es tan suizo, y Trump introdujo su necesaria dosis de disparates. En realidad, la gente prefiere el caos a Trump, como decía el otro: “¡Yo o el caos!”, exclamaba. “¡El caos, el caos!”, contestaba la multitud en la portada del ‘Hermano Lobo’. Creo que con Trump nos pasa lo mismo.

Llegó a Davos, todo tan fino, tan frío, e introdujo una carga de discordia, no sin antes haber afeado a Noruega que no le diera el Nobel. Parece rencoroso. No se conforma con la medallita, en aquella imagen patética. Quizás la Patética es su composición favorita. La ejecuta a cada paso. Encaprichado con Groenlandia, que, según él, Dinamarca (ese país bonito y tal), no puede defender con sus dos trineos de perros (sic), el hielo y la nieve constituyen el nuevo ecosistema de Trump. Llegó a Davos reclamando Groenlandia y se va diciendo que bueno, que vale, que ya si eso lo acordamos con la OTAN. Pero querría ver la letra pequeña. Cuánto cede Dinamarca. Espero que nada.

Trump es predecible a la larga e impredecible a la corta, ya lo tenemos dicho. Creo que se sorprende a sí mismo, que su propio yo se mira a veces desconcertado. Gollum le representa. No sólo por lo de “mi tesssooooorooooo”, que los caricaturistas han dibujado tan atinadamente, sino por esa capacidad para opinar una cosa y prácticamente la contraria, ese gusto por rompernos la cabeza. Lo que ayer eran aranceles, hoy han dejado de serlo. Algún acuerdo ha construido el hombre de las nieves. Davos: tibi dabo. Toda una tentación, Groenlandia. Todo esto te daré. Sí. Casi diabólico.

Tiemblo al pensarlo, y no precisamente de frío. Pero esta Europa también es desconcertante. Macron mantiene el tipo en los discursos, y se suma a esa fuerza militar simbólica en Groenlandia, aunque, al tiempo, se atreve a pedir una activación de la OTAN. (Trump de pronto, parece confundirlo todo con Islandia. Cuanto más imperio quieres abarcar, menos pericia con los mapas).

En Davos, tierra de ricos, más que Trump incluso, llegó a decir que Groenlandia sólo era “un trozo de hielo con una ubicación muy mala”. Este es el Trump inmobiliario, que quiere adquirir un país como quien compra un apartamento en Torrevieja. Quizás espera que le agradezcamos su pasión por Groenlandia, tan fría, tan vasta, seguramente sin ascensor, y claro, sin calefacción. Sólo quiere un trozo de hielo, será para hacer ‘mushing’. Y al parecer ya tiene a Rubio y a Vance al cargo, que son sus chicos para todo. Con la Europa poco convincente del apaciguamiento, el rapto de Groenlandia es posible. Veo más seguro al primer ministro de Canadá, Mark Carney, que el martes supo poner a Trump en su sitio. En Canadá también saben mucho de hielo y nieve. Lo suficiente para que no todo les resbale.

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