Opinión | Políticas de Babel
Doce meses con Trump
Esta semana se cumplió un año desde la toma de posesión de Trump. A lo largo de estos doce meses, el neoyorquino no ha dejado a nadie indiferente, ni dentro ni fuera de EE.UU. Las encuestas de popularidad no le sonríen, quizá debido a que muchas de sus promesas están por cumplirse o completarse. Eso sí, parece haber logrado contener la inflación; y la siempre fluctuante bolsa muestra un saldo anual positivo. También los datos macroeconómicos le son favorables. Pero el presidente Trump asumió el poder cargado de órdenes ejecutivas, y con el deseo de echar abajo todo aquello que iba en contra de los preceptos ideológicos de su movimiento MAGA. Así, enseguida se apresuró a acabar con la “ideología de género”, con el “adoctrinamiento marxista” (sobre todo en las universidades), con la regulación medioambiental, con la ayuda internacional y al desarrollo, y hasta con los programas federales de salud, que han dejado a muchos organismos, como la Organización Mundial de la Salud (OMS), huérfanos de financiación para desarrollar vacunas y medicamentos.
Esta gestión abrupta e impulsiva le ha supuesto tener que afrontar también momentos incómodos; incluso frustraciones, como la imposibilidad de acabar con la guerra en Ucrania, o verse obligado a asumir el cierre de la Administración más largo de la historia. También ha visto cómo han ido a más las manifestaciones y disturbios provocados por sus redadas y deportaciones exprés. Asimismo, las victorias electorales de los gobernadores demócratas del Estado de Virginia y Nueva Jersey; la llegada a la alcaldía de la Ciudad de Nueva York del socialista Zohran Mamdani; o los nuevos documentos del caso Epstein, has supuesto duros varapalos para Donald Trump.
Al inquilino de La Casa Blanca o se le admira o se le odia. Aunque también hay quien simplemente le teme. Entre quienes prefieren resaltar su lado positivo están Israel y Benjamin Netanyahu (a quien le impuso un alto el fuego en Gaza y un plan de Paz para Oriente Medio que cada vez se ve más desvirtuado). También lo apoyan Argentina, con Javier Milei a la cabeza, y el resto de los países a los que ayudó a sumarse a esa “marea azul” que recorre América Latina (Bolivia, Chile, Honduras, etc.). Entre los que odian su figura nos encontramos con Gobiernos como el cubano, el nicaragüense, el chino, o el ruso (aunque éste último incluso favoreció un acercamiento entre el Kremlin y el Despacho Oval). En este club contrario a La Casa Blanca debemos incluir también a Ejecutivos como el colombiano, el mexicano, el brasileño y, sobre todo, el español, pese al daño que ello nos está haciendo a nivel económico, estratégico y diplomático.
Pero también están aquellos que le temen; pues ya han visto cómo actúa el neoyorquino. Lo sabe bien el régimen chavista (con la captura de Nicolás Maduro y del petróleo venezolano), el régimen iraní (cuyas instalaciones nucleares bombardeó en junio y hoy se teme lo peor), los cárteles de la droga (a los que cerró la frontera con México y atacó, hundiendo sus narcolanchas con acciones extrajudiciales). Ni siquiera sus antiguos aliados han podido esquivar las flechas de Trump. Me refiero a sus socios comerciales (que sufren sus aranceles universales), a los miembros de la OTAN (a los que pidió llegar al 5% de gasto en Defensa), o a los primeros ministros de Canadá, Dinamarca, o Groenlandia (que amenazó con anexionarse). Pero ahora viene lo más difícil, pues le toca bregar, y mucho, para no perder el control de la Casa de Representantes o del Senado en las elecciones de mitad de mandato que se celebrarán dentro de apenas diez meses.
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