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Opinión | BUENOS DÍAS Y BUENA SUERTE

Profesor titular de Universidad

Minneapolis y nosotros

Aún no se ha ido Ingrid y ya está Joseph entre nosotros. Llamar a las tormentas por su nombre no implica confianza, sino justo lo contrario. Tienen nombre porque son temibles. Algo así sucede con algunos líderes políticos globales. Su nombre es nombre de tormenta. Y no bien uno calla, y me gusta cuando callan, aparece otro con su bravuconada. Vivimos ahora en la plenitud de la tormenta. La meteorológica y la otra, que es mucho peor. Arrecia la lluvia y el viento, pero, mucho más, arrecia la estupidez. Ahí están, en la pantalla, las calles de Minneapolis. En lo más crudo del invierno. En lo más crudo del infierno. Ese paisaje desolado por la acción de los agentes de la policía migratoria, con los que Trump se enfrenta ya a su propio país.

Porque Minneapolis es un paisaje al que conviene mirar, siquiera sea para aprender lecciones. Nada es tan lejano como parece. Trump y su troupe ya no es algo ajeno, ya no es algo distante que contemplamos en los telediarios. Tiene muy en cuenta a Europa, sobre todo para humillarla. Mira de reojo su diversidad y su democracia, y no le gusta lo que ve. Cuando dice que Europa va en la mala dirección está diciendo que va en su contra. Europa es la rebelde: y eso que apenas levanta la voz. Ya molesta con sólo existir. Sus líderes, hasta ahora, poco han protestado. Han querido apaciguar al gran narciso, dorarle la píldora y acariciar su lomo. Sepan ya que no sirve de nada.

La lluvia y la nieve nos azotan en estos días finales de enero. Nueva York está bajo nevadas imponentes y muchos supermercados del país norteamericano han tenido problemas con los suministros. Hay síntomas en la economía de que Trump empieza a sentir los efectos negativos de su loca política arancelaria, pero, qué quieren, es el castigo que tiene para los díscolos. Le disgustó el discurso del primer ministro canadiense, Carney, que puso toda la carne en el asador. ¡Al fin alguien habla con un poco de claridad! En el contexto de Davos, nieve y hielo también, como en Groenlandia, sucedieron cosas terribles: más que ninguna otra, la presentación del impresentable Plan para Gaza. Trump y sus amigos ejerciendo una de sus actividades favoritas: domesticar la vida de los otros. También flotaba allí esa suficiencia irritante de las tecnológicas que quieren controlar el mundo. Pero de alguna forma despuntó una incipiente Europa, tal vez espoleada por el propio Carney. Aprender a decir no al gran matón es de primero de europeísmo. Está costando, pero al fin parece que Trump empieza a comprender que todo tiene un límite. Ahora, la impunidad se dirige hacia sus propios ciudadanos. Y por eso insisto en que hay que mirar a Minneapolis.

La tragedia que se siembra hoy en las calles de Minneapolis, entre la indignación y la perplejidad, no es otra cosa que el espejo de una calculada barbarie que pretende dominar el mundo, destrozando vidas y voluntades. Se están despreciando los derechos de la gente, se siembra el terror y se persigue con ahínco al inmigrante, lo que se parece mucho al rostro del fascismo.

No es que Europa deba parar a Trump. Es Estados Unidos quien debe hacerlo. Esta tormenta autoritaria que agita el mundo no puede seguir minando la moral y la vida de muchos ciudadanos. Vivimos al lado del Atlántico, creemos en una mirada compartida, en el respeto de los pueblos, pero ahora lo que corresponde es marcar límites y ahondar en la autonomía europea. Las líneas rojas de Groenlandia marcan el camino. Y Minneapolis debe servirnos para saber lo que no queremos ver jamás en nuestras calles.

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