Opinión | Crónicas de JAC
La multa como proyecto de ciudad
En el confín atlántico del país, hay una ciudad de piedra solemne donde llueve con perseverancia bíblica, y las campanas replican historia marcando el tiempo mejor que los relojes. Para llegar, basta con seguir una flecha amarilla que conduce, desde hace siglos, a un mismo destino.
Allí manda un gobierno municipal que ha elevado la incapacidad de gestionar a categoría política. Un ejecutivo que pierde subvenciones con la misma constancia con la que otros pierden paraguas. Pero lejos de asumir errores (pase de mí ese cáliz), ha encontrado una solución mucho más creativa: convertir cada oportunidad en un problema y cada problema en una multa.
Como pierde sistemáticamente subvenciones, esas cosas aburridas que se consiguen gestionando bien los expedientes, al gobierno local se le ha encendido una bombilla. No de las que iluminan calles, no, de las otras, las ideológicas: si no llegan fondos de fuera, se exprimirán los de dentro. Así nace el nuevo plan maestro de equilibrio presupuestario: radares. Muchos radares. Radares como setas después de la lluvia. Radares que no buscan seguridad vial, sino algo más espiritual: recaudar el doble. Al fin y al cabo, el pecado capital no es la mala gestión, sino ir a 36 por una vía de 30.
El relato oficial es impecable. Pantalla, consigna, eslogan. La ideología bien planchada, la gestión arrugada. Mientras tanto, la ciudad languidece. Hay calles donde la iluminación pública parece diseñada para el recogimiento místico: farolas tímidas, luz mortecina, sombras propicias para la introspección… o para torcerse un tobillo. La suciedad campa con la misma libertad que los discursos grandilocuentes, y los contratos públicos llevan tanto tiempo caducados que ya podrían pedir la jubilación.
El transporte urbano merece veneración aparte. Autobuses con más de veinte años recorren las calles como reliquias móviles, testigos silenciosos de mandatos fallidos. Suben cuestas resoplando, bajan chirriando, y recuerdan al viajero que aquí la modernización es una herejía neoliberal.
Eso sí, para el espacio público siempre hay ideas frescas. No para limpiarlo ni cuidarlo, sino para resignificarlo. El clan sueña con levantar una escultura en homenaje a Moncho Reboiras, figura como poco controvertida, perfecta para abrir debates identitarios mientras los expedientes no se cierran. Porque gobernar, en esta ciudad, no va de limpiar calles o renovar contratos, va de enviar mensajes para reafirmar el marco ideológico.
Y en este cuento hay un detalle casi poético: al gobierno le molestan los turistas y los peregrinos. Esa gente pesada que camina despacio, hace fotos, pregunta demasiado y, lo peor de todo, deja dinero. Nuestra principal fuente de ingresos es tratada como una incomodidad ideológica, un estorbo en la ciudad soñada, esa que existe más en pancartas que en aceras.
Así, el visitante llega, pisa una ciudad descuidada, sube a un autobús prehistórico, camina por calles mal iluminadas y, si se descuida un poco, se lleva una multa de recuerdo. Un souvenir moderno, acorde con los tiempos del clan. Porque en esta ciudad sin nombre, cuando la gestión estorba, siempre quedará el radar. Y cuando el radar no baste, siempre quedará la consigna.
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