Opinión | Buenos días y buena suerte
Algoritmo y democracia
La agarrada digital entre Pedro Sánchez, presidente del gobierno de España y Elon Musk, el magnate de los automóviles, los cohetes y las redes sociales, ha tenido repercusión. Era de esperar, porque un encontronazo con Musk no es cualquier cosa. No discute con él quien quiere, sino sólo quien puede.
Así que Sánchez sabe muy bien que ha tocado en un lugar conveniente con sus decisiones sobre las redes y la edad de acceso, y, en general, con la naturaleza esquiva del algoritmo, esa cosa de la que usted me habla. El algoritmo parece un marciano invitado por Elon, pero es ya un bicho muy doméstico. Todos tenemos algoritmos por todos lados, mucho más de lo que sospechamos. A veces parecen un poco tontos, previsibles (te llevan donde sabes que te llevarán, mientras te estudian kafkianamente, o sea, entomológicamente). Pero, en general, logran siempre lo que se proponen.
Acusan a Sánchez de montar quilombos o quilombitos para hacerse ver electoralmente (las encuestas de Aragón parecen quitarle la alegría, perdonen la broma fácil), pero lo cierto es que las decisiones más recientes que ha tomado están plenamente integradas en su agenda social, como lo está su negativa a normalizar invasiones y genocidios. Por tanto, tienen una evidente proyección internacional, donde se le aprecia más (Trump aparte, claro).
Sobre la regularización de la inmigración (que Borrell, por ejemplo, considera tardía, pero muy necesaria) ha recibido también críticas, pero lo cierto es que se trata de uno de los pocos dirigentes que ofrece una solución cargada de humanidad a un problema global, algo que en política nunca debería ser negociable. Aunque no sólo se trata de humanidad, sino de coherencia con el desarrollo económico de este país, el problema del envejecimiento y la necesidad de cubrir sectores clave de nuestra economía en los que la inmigración es dominante. Como ya dijimos aquí, comparar esto con las políticas espeluznantes de Trump, con las ideas delirantes de Elon Musk, o con el impresentable papel de los ICE en Minnesota, pone las cosas en su sitio y aclara las ideas.
Hace unas horas, Pedro Sánchez publicaba un artículo de opinión al respecto en las páginas del ‘New York Times’. Respecto a la inmigración, digo. Me tomé la molestia de leer los aproximadamente seiscientos comentarios de los lectores y encontré muchísimas opiniones, sobre todo de los que parecían ser ciudadanos estadounidenses, que aplaudían abiertamente la decisión de Sánchez. Cómo no hacerlo con lo que tienen ellos en casa, habrán pensado ustedes. Es cierto. La política autoritaria e inhumana que hoy se estila, con el abuso en las fronteras, la persecución de los débiles (con el argumento repetido por Trump de que todos son unos criminales), hace que una decisión gubernamental de este carácter sorprenda incluso a muchos. Parece que ya damos por sentada la maldad y la barbarie como marca de este tiempo.
La discusión con Musk (y, de alguna forma, con el dueño de Telegram) coloca a Sánchez en la pomada del debate sobre el papel de las grandes tecnológicas, en una atmósfera cada vez más Orwelliana. No es un debate baladí. Con Trump, muchas empresas del universo algorítmico parecen están en disposición de controlar la marcha del mundo. Se dice que la hipervigilancia sobre las redes es una forma de coartar la libertad de expresión, pero ¿qué sucede con la hipervigilancia ejercida por los que manejan el algoritmo para llevarnos al lugar que desean? ¿Hay planteada ya una gran guerra entre la democracia y el algoritmo tal y como lo conocemos?
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