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Opinión | Políticas de Babel

Profesor universitario

Ucrania tendrá que esperar

Las nuevas conversaciones sobre Ucrania que mantuvieron Washington, Kiev y Moscú en Abu Dabi (Bruselas, una vez más, no estaba invitada), vinieron precedidas, como de costumbre, por un aumento inequívoco de los bombardeos rusos sobre infraestructuras energéticas y de comunicación ucranianas. Constituye, éste, un modus operandi destinado a meter mayor presión sobre la mesa de diálogo, a la vez que demostrar el músculo militar que atesora un Kremlin que incluso logró aprobar un presupuesto para que la Federación de Rusia pudiese prolongar la guerra, al menos, dos años más.

Hasta la tregua energética propuesta a Putin por Trump hace dos semanas se quedó en apenas unos días de contención, que incluso aprovechó el Ejército ruso para recalcular el modo de hacer todavía más daño a un pueblo ucraniano que no tiene con qué calentarse en uno de los inviernos más fríos de los últimos años (con temperaturas de hasta -25 ºC), y que sufre constantes cortes de agua, luz y gas que acostumbran a durar varios días. Y si además esos ataques y bombardeos son dirigidos contra Kiev, Járkov y Dnipró, tres de las ciudades más importantes del país, así como contra regiones estratégicas como Sumi, Odesa o Zaporiyia, pues los rusos se aseguran de que el impacto bélico y mediático sea mayor.

Esto lo sabe la población ucraniana local, del mismo modo que en torno al 50% de los ciudadanos de todo el país también asumen y aceptan que el 20% del territorio ocupado por Moscú, por ejemplo, en el Donbass, ya nunca lo podrán recuperar, y quizá tampoco el control exclusivo y privativo sobre sus recursos naturales (las tierras raras del país, incluidas), o sobre la central nuclear de Zaporiyia (una de las diez más grandes del mundo). Así, a punto de cumplirse cuatro años desde el inicio de la invasión rusa, a Volodímir Zelenski se le agota el tiempo; y cada vez le resulta más difícil tomar las decisiones estratégicas. Los meses van transcurriendo, pero los avances son pocos. Además, cualquier acuerdo al que puedan llegar sus emisarios con la comitiva rusa y la delegación estadounidense (que, eso sí, en esta ocasión eran de más alto rango), todavía tendría que superar el preceptivo referéndum, y contar con la aprobación parlamentaria.

De momento, el presidente ucraniano parece haber alcanzado, al menos, el intercambio de 157 prisioneros de guerra. También un supuesto preacuerdo de seguridad con sus aliados; pero sólo si finalmente se logra un acuerdo de paz, o un alto el fuego a largo plazo en Ucrania. Incluiría varios niveles: desde una defensa diplomática y militar autóctona en caso de que Ucrania volviese a ser atacada, hasta una respuesta militar conjunta de Europa, la OTAN y EE.UU., pasando por acciones de apoyo disuasorio o bélico dirigidas por la conocida como “coalición de voluntarios”, y que incluiría a Reino Unido e incluso a Turquía. Pero antes debe imponerse la razón, como bien dio a entender el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, el martes frente al Parlamento ucraniano.

Las conversaciones entre EE.UU., Ucrania y Rusia continuarán; pero Moscú difícilmente aceptará una tregua que no le permita mostrarse victorioso ante el conjunto de la Federación de Rusia. Y para venderle el éxito a sus conciudadanos tras la denominada por el Kremlin “operación militar especial”, Putin necesita que las fuerzas ucranianas cedan y abandonen el Donbass (con las provincias de Lugansk y Donetsk); que esos territorios sean reconocidos internacionalmente como rusos; y que, al otro lado de una supuesta “zona desmilitarizada”, no haya contingentes militares ni europeos ni de la OTAN.

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